La nostalgia ochentera manda en el canon musical de los 50
El gusto musical no evoluciona: se fosiliza. Pasada la barrera de los cuarenta, el oyente medio deja de incorporar novedades al repertorio propio y se dedica a reciclar lo que ya le funcionó a los quince. La nostalgia musical no es un vicio secreto de cuatro melómanos: es el género dominante en el consumo adulto. Y el catálogo que se repite sin descanso tiene una fecha de nacimiento bastante precisa, entre 1965 y 1990.
Bee Gees, Queen y los Righteous Brothers: el repertorio que se repite
Hay canciones que funcionan como contraseña generacional y no necesitan presentación. Una de ellas es «How Deep Is Your Love», de los Bee Gees: en un restaurante poco concurrido, sonó mientras un cliente pagaba la cuenta y el personal entero se puso a cantarla, seguido por buena parte de los comensales. El episodio resume el mecanismo: la melodía no compite, convoca.
Al lado aparecen los Righteous Brothers y su «Unchained Melody» en directo en 1965, una versión que sigue provocando escalofríos sesenta años después, y «We Will Rock You», de Queen, editada en 1977, que a estas alturas es menos una canción que un protocolo de estadio. El criterio de selección se repite: no vale lo ingenioso, vale lo que pone la piel de gallina.
Los 21 minutos de Wembley que nadie discute
Si existe un consenso en un territorio tan fruta como el gusto ajeno, es el concierto de Queen en Live Aid, el 13 de julio de 1985, en el estadio de Wembley. Veintiún minutos bastaron para eclipsar a nombres como Led Zeppelin o The Who en la que críticos y músicos consideran, con pocas excepciones, la mejor actuación de rock en vivo de la historia. No hay dato nuevo, pero sí una consecuencia: ese directo se ha convertido en el patrón contra el que se mide todo lo demás.
OMD, Ian Curtis y la pelea del purismo
Donde el consenso se rompe es en la obra temprana. Una canción de OMD, dedicada a Ian Curtis, líder de Joy Division, se reivindica como una de las mejores del grupo, por delante incluso de sus grandes éxitos. Es la vieja tensión del aficionado: el disco que descubrió al artista vale más que el que lo hizo famoso, y quien llegó tarde siempre tiene algo que demostrar.
La misma lógica aparece con Björk. Para unos, ya era «pura genialidad desbordante» en los Sugarcubes, tanto en lo musical como en lo escénico. Para otros, el grupo resultaba indigerible y el flechazo llegó después, con «Debut», para consolidarse definitivamente con «Homogenic».
Fatboy Slim y la frontera móvil de los treinta años
La nostalgia tiene fecha de caducidad móvil. Una canción de Fatboy Slim acumula casi treinta años despertando a quien la escucha, lo que desplaza la frontera: ya no es solo cosa de los setenta y los ochenta. Cada hornada fabrica su propio clásico y lo defiende con la misma vehemencia con la que la anterior defendía el suyo, aunque ahora el soporte sea una lista infinita en vez de un casete rebobinado con un bolígrafo.
La música como ceremonia, no como producto
El Marcha Radetzky en el Concierto de Año Nuevo de Viena de 2014, con el auditorio entero cobrando vida al compás, es el ejemplo más nítido de lo que se busca aquí: la música como ritual colectivo, no como fondo sonoro. En ese registro, el dato de mercado importa poco; manda la memoria compartida.
También hay sitio para quien la practica. Algún músico aficionado ha colgado sus propias grabaciones asumiendo de antemano la posibilidad de que le ridiculicen, y ha habido espacio para el recuerdo de quien ya no está. Lo que se intercambia en estos ejercicios no es una recomendación: es una biografía.
Cabe esperar que la próxima hornada de cincuentones haga exactamente lo mismo con el repertorio de los dos mil. La reserva es obvia: nunca hubo tanta música disponible ni tan barata, y ese exceso puede romper el consenso que hoy hace reconocible un estribillo en cualquier barra de bar. O puede no romperlo. Conviene no apostar fuerte.
Análisis elaborado a partir del contenido del subforo Guardería, 573 respuestas y 88 días de conversación.