Del hype al fiasco: las películas que no estaban a la altura
La sala queda a oscuras. Han pasado dos horas de efectos visuales y el espectador sale con una sensación rara: la película que tenía que cambiarlo todo se ha quedado en un montón de luz y ruido. No es un caso aislado. Cada temporada tiene su superproducción que prometía lo imposible y termina en la lista de decepciones del público. Avatar es el ejemplo perfecto, citada hasta la saciedad: cinco minutos de fascinación con el 3D y después un rollo insoportable con el mito del buen salvaje, como una Pocahontas azul de doscientos millones de dólares.
El banquillo alcanza incluso a los clásicos
Esta vez, la lista no se limita a los taquillazos recientes. La Monja 2 no logra asustar ni un segundo tras el buen hacer de su antecesora. Uncharted se queda en un calco barato de Indiana Jones, y del universo Marvel, salvo excepciones, mejor no hablar. Pero lo más llamativo es que los clásicos tampoco se salvan: El gran Lebowski es tildada de “chorrada sobrevalorada”, Ciudadano Kane se lleva un desplante, la adaptación de Dune de David Lynch es “ramplona y plomiza”, y de la reciente Odisea de Nolan hay quien no aguantó ni treinta minutos. Hasta la primera película de la historia, La sortie de l'usine Lumière à Lyon, aparece como una decepción.
¿Qué explica esta quiebra entre expectativa y resultado? La principal hipótesis apunta al hype: cuando el marketing lo eleva todo, cualquier obra, por buena que sea, queda por debajo. La contrapartida sostiene que muchas son simplemente malas, y no hay hype que las salve. Ambas corrientes debaten sin tregua, pero el cine no ha logrado aún mejorar su truco más viejo: el tren de los Lumière hacía correr a los primeros espectadores; ahora, el que sale corriendo es el público que se encuentra con humo.