Odio a bitcoin: uvas verdes, envidia y un pelotazo de 15 años
El odio a bitcoin no es racional. O no solo. Hay argumentos técnicos en contra, pero la virulencia de los críticos huele a fábula de Esopo: como la zorra que no alcanza las uvas y las declara verdes, el nocoiner se pasa años siguiendo la cotización de un activo que no tiene. No ocurre lo mismo con Tesla, Nvidia o Amazon, que también se multiplicaron sin que nadie montara una cruzada contra ellos.
La psicología del resentimiento se explica con dos ingredientes: la sensación de haber llegado tarde y la incapacidad de asumir el error. Hay una fórmula que circula por internet y resume el fenómeno: «un nocoiner que odia bitcoin es un bitcoinero que decidió no serlo». Quien vio el número premiado de la lotería sin comprarlo no quiere que toque. La culpa se proyecta en desprecio para no reconocer que se equivocó.
Las críticas que se repiten desde 2013
Los argumentos en contra llevan una década sin renovarse. Que si es una estafa piramidal, que si la tulipomanía moderna, que si no se usa como moneda. Quienes lo reducen a «cuatro raritos» tienen que encajar dos hechos tozudos: bitcoin vale en torno a 72.000 euros y acumula 15 años de existencia. Ninguna estafa piramidal espera tanto para reventar. Y cuando cae, como pasó de 60.000 a 16.000, el desplome se usa como prueba de que todo era humo; cuando sube, se callan hasta el siguiente crash. La volatilidad del 75% es real. Pero también lo es que los críticos la siguen al dedillo sin tener un solo satoshi.
El consumo eléctrico: ¿argumento o cortina de humo?
La comparación con países enteros es la bandera favorita de los detractores. Pero el gráfico de turno peca de simplista: atribuye a bitcoin un consumo que en realidad debe repartirse entre varios países, usa datos de una fecha concreta y asume que la red necesita toda esa energía cuando podría funcionar con menos. Los defensores contestan con otra pregunta incómoda: cuánta electricidad gastan los videojuegos, el streaming o los 190 bancos centrales del planeta con sus oficinas y sus sistemas. El oro tampoco necesita electricidad, pero hay que extraerlo, blindarlo y transportarlo.
La hipocresía de los bancos centrales
La escena tiene su miga. Mientras el BCE publicaba en febrero de 2024 un informe descartando bitcoin como medio de pago e inversión, Deutsche Bank recibía luz verde para custodiar cripto para clientes institucionales. Y la misma tecnología blockchain que los libertarios venden como arma antisistema es la que los bancos centrales adoptan para sus monedas digitales. Los críticos lo ven como una confirmación: bitcoin no era tan antisistema, o el sistema ha decidido fagocitarlo. Los más cínicos responden que una CBDC no es tu dinero, es tu soberanía bajo control.
Entre el pelotazo y la reserva de valor
La discusión de fondo es si bitcoin es dinero o especulación. Por ahora es lo segundo con matices de lo primero. Su capitalización supera la de la plata y los tenedores no venden; pero tampoco se usa en el comercio diario, y el anonimato prácticamente ha migrado a Monero. Aun así, el odio que despierta no tiene parangón con otras burbujas. A los goldbugs les escoció perder la condición de refugio, a los brókeres de toda la vida les molesta que un chicharro sin balances les coma el terreno.
La prognosis no es halagüeña para nadie. Si el patrón se repite, la próxima corrección será recibida como un «ya lo decía yo» y servirá para que los escépticos se sientan sabios otra temporada. Después volverá a subir y volverán a llegar tarde. Llevan 15 años esperando que las uvas maduren; es probable que sigan otros 15 sin admitir que el problema no es la fruta, sino la altura del árbol.