España lidera el crecimiento y el sueldo no se mueve
La economía española crece a un ritmo que ya envidia media Europa. El
Financial Times titulaba que el crecimiento español se dispara mientras la eurozona tropieza, y el dato que más circula estos días es que España está en camino de superar a Estados Unidos como la economía avanzada que más crece del mundo, a más del triple del ritmo de la eurozona. La pregunta, despojada de banderías, es sencilla: ¿qué se ha hecho bien para llegar aquí?
La respuesta corta es que nadie se pone de acuerdo. Y la respuesta larga —la que importa— es que buena parte del desacuerdo no va de política, sino de qué se mide y qué se deja fuera de la foto.
Qué dicen los datos que se citan como éxito
El argumento oficialista es que en materia económica se han hecho las cosas muy bien y que España es la envidia de medio mundo. Se apoya en cifras macro: el PIB sube, el empleo sube, el turismo bate récords y la inversión extranjera mira al país con mejores ojos que a sus vecinos. Hay quien añade que hay cada vez más industria y puestos altamente cualificados, y que el que ve miseria está mirando la parte del iceberg que no se ve.
El problema es que ese relato choca con la cesta de la compra. Hay quien sostiene que la inflación acumulada de los últimos seis años se sitúa en torno al 30%, mientras los salarios habrían subido apenas un 10%. Ese diferencial equivaldría, en la práctica, a una rebaja salarial encubierta: los españoles serían más competitivos porque cobran menos en términos reales. La productividad no se dispara; el coste laboral se hunde.
¿Por qué sube el PIB si el PIB per cápita está estancado?
Porque el PIB mide el tamaño total de la economía, no el bolsillo de cada habitante. Si la población crece un 10%, el PIB puede crecer sin que el PIB per cápita se mueva. Y eso es exactamente lo que sostienen las lecturas más críticas: el PIB per cápita real lleva estancado desde hace unos quince años, con la población residente muy por encima de la oficial.
A eso se suma el gasto público como motor. Si el Estado gasta lo que está gastando, el PIB se sostiene; si dejara de hacerlo, el crecimiento se quedaría en un +0,1 como mucho, según el cálculo más duro que circula. El empleo público tira del empleo total, y las empresas que venden al Estado tiran de la actividad. Es crecimiento, sí, pero financiado con deuda: más de 400.000 millones de deuda pública añadidos en media década.
La deuda como combustible y la inflación como impuesto
Aquí es donde el debate se vuelve incómodo. La deuda española está por las nubes y buena parte la compra el BCE. El mecanismo, explican los más críticos, es diabólicamente simple: se endeuda al país a un ritmo enorme, se monetiza vía banco central y la inflación resultante hace que las cifras nominales parezcan mejores de lo que son. En el corto plazo, todo parece ir hacia arriba. En el largo plazo, se carga el tejido productivo.
La inflación, además, tiene un efecto perverso sobre la recaudación: sube el IVA que se ingresa, suben las bases del IRPF por el efecto de la progresividad en frío, y ese aumento de recaudación se computa como crecimiento. El ahorro de las familias, mientras, se esquilma sin que nadie lo llame así.
El argumento demográfico y el consumo que no se ve
Una parte del análisis sostiene que el crecimiento se apoya en la llegada masiva de población, que amplía la base de consumidores y de mano de obra. Otra parte responde que eso infla el PIB sin mejorar la renta por habitante, y que la demanda que se genera es, en buena medida, artificial. En las calles a horas de trabajo hay cada vez más gente que evidentemente no trabaja, y los locales se traspasan o se alquilan.
El contrapunto es que el consumo también se financia con deuda y con transferencias. El ejemplo que se repite: si todos los meses se repartiera dinero a todo el mundo para gastarlo en lo que quiera, el PIB subiría y los bares estarían llenos. La pregunta es de dónde sale ese dinero y quién lo devuelve.
El precedente de 2008 y el castillo de naipes
La comparación más repetida es con 2007. Entonces tampoco pasaba nada, el Gobierno reconoció la crisis cuando ya estaba encima, y los organismos internacionales aplaudían el milagro español. Ahora, dicen los escépticos, estamos en la misma casilla del calendario: el pistoletazo de salida de la siguiente crisis ya se ve en el horizonte.
El patrón, además, se repite cada quince años aproximadamente, y cada vez se sale peor de la crisis anterior. El paciente se debilita antes de la siguiente operación. La sensación dominante es la de un castillo de naipes: apariencia de solidez, cimientos de deuda, y una derrama del tejado o del ascensor que puede llegar en cualquier momento.
Con estos mimbres, la predicción razonable es que las cifras macro seguirán sonriendo mientras el BCE sostenga el tinglado y la inflación haga el trabajo sucio. El día que se cierre el grifo, el PIB per cápita en términos reales tendrá que enseñar lo que lleva años escondiendo. O no. Nadie ha sabido explicar todavía por qué el milagro se sostiene sin que el sueldo medio acompañe.