Por qué la gente se tatúa tanto: moda, estatus y vacío existencial
En cualquier gimnasio de barrio, los no tatuados son ya una minoría. La observación, repetida por asiduos del fitness, apunta a un fenómeno que ha dejado de ser subcultural para convertirse en mainstream: cubrirse el brazo con tinta, o el torso, o la cara, ya no escandaliza a nadie. Pero la pregunta sigue sobre la mesa: ¿por qué, con la piel como único lienzo irreversible, cada vez más personas deciden marcarse para siempre?
El tatuaje como señal de estatus (y de postureo)
Hay quien sostiene que el tatuaje se ha convertido en un marcador de estatus al revés: “mira, me sobra el dinero para tatuarme”, aunque ese dinero no alcance para una entrada de piso. La lógica encaja con el auge de las redes sociales: el tatuaje se luce en Instagram en un viaje o en una foto de gimnasio, mientras el alquiler espera. La ironía no escapa a los analistas: se tatúa el que no tiene casa, como si la piel fuera el único activo que le queda.
Identidad, borreguismo y la escalada del ‘blackout’
La otra corriente apunta a la necesidad de diferenciarse en una sociedad homogénea. Pero la paradoja es evidente: todos se tatúan para ser únicos y acaban pareciéndose todos. La escalada llega al extremo del ‘blackout’: cubrir tatuajes anteriores con tinta totalmente negra, una moda que algunos youtubers han popularizado. Cuando ya no queda espacio, algunos predicen el ‘whiteout’, pintar sobre lo negro con blanco. La carrera por la originalidad no tiene fin, solo un límite: el tamaño de la piel.
El negocio del borrado y los riesgos para la salud
El tatuaje ya no es para siempre, o eso dicen. Los avances en técnicas de eliminación están convirtiendo esta práctica en una rama más del maquillaje: te tatúas, te arrepientes, te lo borras. Pero hay un precio que no aparece en el folleto. Estudios de 2024 y 2025 señalan una incidencia significativamente mayor de cáncer de ganglios entre tatuados que entre no tatuados. Los autores advierten de que es pronto para sacar conclusiones, pero el dato ya está sobre la mesa. Mientras tanto, el mercado del borrado crece a la par que el de la tinta.
Una tradición de 5.000 años que nadie se ha planteado abandonar
Frente al argumento de la degeneración, hay quien recuerda que el tatuaje no es un invento moderno. La momia de Ötzi, de hace 3.350 años, lucía una colección de marcas con significado. En la cultura de UKOK, hace 2.500 años, las mujeres también se tatuaban. Es decir, el impulso de marcarse la piel parece tan humano como la necesidad de adornarse. Pero conviene no idealizar: en la antigüedad, los tatuajes eran también marca de esclavos, y hoy hay quien los ve como un recordatorio servil de una sociedad que empuja al consumo.
El dato que descoloca
En los gimnasios, los no tatuados son minoría. Las chicas sin ningún tatuaje se cuentan con los dedos de una mano, y los hombres, igual. Incluso los policías nacionales, en su tiempo libre, lucen brazos entintados. Es decir, el estigma laboral y social que rodeaba al tatuaje se ha esfumado. La pregunta ya no es por qué la gente se tatúa, sino por qué alguien decide no hacerlo. Y esa, quizá, es la respuesta más incómoda.