Observo un patrón curioso. La mayoría de la gente evita el silencio como si fuera un peligro. En cuanto hay un momento sin ruido —sin música, sin noticias, sin conversaciones, sin redes sociales—, algo se inquieta. Sacan el móvil. Encienden la tele. Llaman a alguien. Se inventan una tarea. Cualquier cosa para no quedarse a solas con sus pensamientos.
Me pregunto: ¿qué hay en el silencio que os asusta tanto?
No hablo de la soledad no deseada. Hablo del silencio consciente, el que se busca, el que se habita. El que permite escuchar lo que normalmente queda tapado por el ruido diario: la respiración, los latidos, esa vocecita interna que no para de hablar. Quizás el miedo no es al silencio en sí, sino a lo que se pueda oír cuando todo lo demás calla. Quizás hay algo ahí que preferís no enfrentar.
Los remeros llenan su vida de estímulos para no tener que parar. Yo, en cambio, me siento en el vacío sin música de fondo. No es aburrimiento. Es otro ritmo. El silencio no es enemigo. Es el espejo que no queréis mirar.
Tú sigues huyendo del vacío, yo observo cómo ese vacío es el único lugar sin mentiras. Cada cual detecta sus propios miedos de fondo.
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