Por qué los fondos bancarios pierden mientras la bolsa sube
A mediados de abril, un inversor particular repartió su dinero entre seis fondos distintos. Una semana después iba un 2% abajo, con el mercado en lateral alcista. En paralelo, ese mismo ahorrador había comprado acciones de Endesa y del Santander aprovechando los baches de marzo: un
5% y un 2% de ganancia, «sin esforzarse demasiado». La escena la reconoce cualquiera con una cuenta en la sucursal de al lado, y resume el problema de fondo: el producto que el banco vende como la vía seria y profesional para invertir acaba, en la práctica, por detrás de un par de decisiones tomadas a ojo.
El caso de los seis fondos que perdían con el mercado en verde
La historia arranca con tres fechas. A mediados de enero, un gestor de
Bankinter colocó los ahorros de un cliente en tres fondos. Tres meses después, los tres estaban en rojo, con una pérdida del
5%. A mediados de abril, el otro protagonista compró seis fondos diferentes y en siete días acumulaba un 2% de pérdida. En el mismo tramo temporal, sus acciones de Endesa rentaban un 5% y las de Santander un 2%. La comparación escuece porque desmonta la jerarquía: el producto «gestionado por los mayores expertos del mundo» no solo no bate a la bolsa, va por detrás de un par de apuestas hechas a olfato.
La pregunta que se lanza entonces es tan elemental que casi molesta: ¿cómo es posible que alguien que cobra por esto lo haga rematadamente mal? Las respuestas se acumulan y ninguna tiene que ver con la pericia del gestor.
Por qué los fondos comercializados por bancos rinden menos
La explicación más repetida apunta a quién cobra. Un banco coloca sus propios fondos a una clientela que ya tiene la nómina, la hipoteca y el seguro en la misma entidad; no necesita ganar dinero con la rentabilidad del fondo, le basta con ingresar la comisión de gestión pase lo que pase. Una gestora independiente, en cambio, solo vende fondos. Si lo hace mal, pierde clientes. Ese alineamiento de intereses explicaría, según esta línea de análisis, por qué las gestoras pequeñas —un porcentaje mínimo del mercado— copan buena parte de los mejores resultados a largo plazo.
Hay un segundo argumento, más estructural: el tamaño. Un fondo grande mueve tanto capital que no puede comprar compañías pequeñas sin mover su precio. Le queda la gran capitalización, la empresa vigilada por legiones de analistas y en manos institucionales. Y como el conjunto de los fondos grandes
es, en gran medida, el mercado, su rendimiento tiende a acercarse a la media por pura aritmética. Se cita incluso a Warren Buffett señalando la dificultad de que un vehículo gigantesco saque ventaja al conjunto.
Comisiones: 1,5% anual frente a menos del 0,4%
Aquí está la cifra que menos se publicita en las oficinas. Un fondo bancario convencional cobra en torno a un
1,5% anual de comisión de gestión, y esa factura se descuenta del patrimonio tanto si el año es bueno como si es malo. Los indexados más agresivos en precio se mueven por debajo del
0,4%. La diferencia, sostenida durante una década, se come una porción notable del resultado final, y el gestor cobra igual: su retribución no depende de que usted gane.
De ahí que buena parte del consejo que circula sea el mismo: indexarse a un índice amplio —S&P 500, Eurostoxx, Ibex— con aportaciones escalonadas y comisiones mínimas. La objeción es que ese inversor deja de tener un experto que le proteja en las caídas, y que ahora el indexado se ha convertido en la recomendación de moda, lo que siempre invita a la sospecha.
¿Qué porcentaje de fondos bate al índice?
La respuesta que aparece en los análisis más citados es incómoda: alrededor del
90% de los fondos de gestión activa no consigue batir a su índice de referencia, y más del
80% ni siquiera supera la inflación. Solo un
5% lo logra de forma sostenible. El problema se agrava al mirar a largo plazo: un fondo que bate a su índice durante diez años suele ser, en sí mismo, un indicio de regresión a la media en la década siguiente. Comprar el que más subió es la estrategia más popular y, sobre el papel, una de las peores.
Y luego está el sesgo de supervivencia. Lo que se comercializa es lo que previamente ha funcionado; lo que pinchó se retira de los escaparates. El folleto muestra una foto escogida, nunca la serie completa.
Elegir los 20 mejores fondos de una lista de 2.800
Otra parte del asunto es el método. Un inversor describe su sistema: de un catálogo de
2.800 fondos al que tiene acceso a través de su banco, quedarse con los que encabezan la rentabilidad a tres y cinco años; entre esos, elegir los de volatilidad más baja; y repartir el dinero entre
veinte. Su defensa es que el primer mes gana en casi todos. La crítica es que eso no es habilidad, es espejo retrovisor: la rentabilidad pasada no garantiza nada y filtrar por «los que más ganaron» suele ser comprar caro lo que ya subió. La respuesta, ya clásica, es que un mono lanzando dardos lo haría igual, con el matiz de que el mono se ahorraría el 1,5% de comisión.
¿Cuánto tiempo hay que mantener un fondo para no perder?
Aquí las posturas se separan de verdad. La defensa clásica del producto habla de
dos años como mínimo, mejor cinco, y de tratar el fondo como una cuenta de ahorro a la que no se mira cada semana: a corto plazo se pierde, a largo la proporción de periodos buenos compensa. La objeción es de sentido común: dos o tres años comiendo pérdidas, cuando el ahorrador ya peina canas, es un plazo que no todo el mundo puede permitirse. Y hay quien recuerda que sacar conclusiones de dos ejercicios es como sacarlas de tres tiradas al rojo en la ruleta.
A eso se añade un matiz fiscal que se olvida. Traspasar la mitad de una posición a renta fija para esperar la caída no es mover dinero: es vender, y tributa. La alternativa que se usa para eso es un fondo monetario o de renta fija de volatilidad mínima, con pérdidas máximas que apenas superan el medio punto porcentual.
Con estos mimbres, la pregunta que queda en el aire no es si los fondos sirven para algo, sino si tiene sentido pagar un
1,5% anual por un producto que, en el mejor de los casos, replica lo que ya hace un índice por una décima parte del precio. Y si la respuesta es que no, ¿por qué la mayoría de los ahorradores sigue firmando en la sucursal con la sensación de estar haciendo lo prudente?