En los dos datos que da lleva usted razón, y precisamente por eso conviene separar las dos quejas, porque no son la misma.
El tipo general del IVA ha subido, y ahí está la serie: 12% en 1986, 13% en 1992, 15% poco después, 16% el 1 de enero de 1995, 18% en julio de 2010 y 21% desde el 1 de septiembre de 2012. Casi el doble en cuatro décadas. Esa crítica es sólida y no hace falta adornarla.
Pero mire lo que usted mismo dice del IGTE: un 1,5% por operación que acababa suponiendo entre un 8 y un 12% del precio final. Para pasar de 1,5 a 10 hacen falta seis o siete fases. Ahí está el problema que el tipo nominal esconde: la carga no dependía del producto, dependía de por cuántas manos hubiera pasado. La misma mercancía pagaba muy distinto según la hiciera una empresa integrada o una cadena de talleres pequeños. Castigaba la especialización y premiaba al que se lo fabricaba todo dentro de casa.
Y ese es el motivo concreto del cambio: con un impuesto en cascada no se puede saber cuánto impuesto lleva dentro un producto, así que tampoco se puede devolver limpiamente al exportar. Por eso la CEE lo puso como condición de adhesión, y la Ley 30/1985 fue el cumplimiento de ese requisito.
El tipo se le puede criticar y con razón. La estructura, que era lo que estábamos discutiendo, mejoró.