Sound of Freedom: el filme que, según sus defensores, Hollywood no promociona
Un enlace se comparte de móvil en móvil con una advertencia: «miradla antes de que la borren». Así circulaba, a la fecha de esta discusión,
Sound of Freedom, un thriller de bajo presupuesto sobre tráfico de menores que se estrenó en Estados Unidos, llegó después doblado al español y apenas encontró hueco ni en la cartelera ni en las plataformas de las grandes compañías. Se financió con aportaciones de particulares, no con el dinero de un estudio, y ese detalle explica buena parte del ruido: cuando el circuito habitual no promociona una película, alguien concluye que la están censurando.
El primer malentendido es de autoría. La cinta no es de Mel Gibson. Gibson solo la respaldó y pidió a sus seguidores que fueran al cine a verla; el protagonista es
Jim Caviezel, actor que, se sostiene, vio lastrada su carrera en Hollywood desde que trabajó en
La Pasión de Cristo. La confusión entre apoyar y producir una película ha servido para las dos cosas: para el titular fácil y para el desmentido airado.
¿De qué trata la película y qué cifras se manejan?
El argumento sigue a un operativo arrepentido que intenta rescatar a un menor vendido a una red. Alrededor de esa trama, la conversación repite una cifra dura:
800.000 menores desaparecidos al año solo en Estados Unidos. Es un dato que circula sin fuente oficial adjunta y que conviene tratar como lo que es, una afirmación repetida, no una estadística contrastada.
En el mismo saco entran otros mercados que se describen con detalle: adopciones lucrativas, tráfico de órganos, esclavitud de por vida en plantaciones o en barcos pesqueros. Se cita también el caso de los niños vendidos a circos en la India, convertidos en parte del patrimonio del negocio, con menos consideración que los propios animales. La película, venga de donde venga, toca un asunto que rara vez llega al prime time.
¿Por qué se habla de censura y de bloqueo?
Los argumentos se repiten con insistencia: ninguna gran plataforma la ha publicitado, el número de salas es reducido y, según una de las intervenciones más citadas,
ocho años buscando distribuidor antes de que alguien se decidiera a moverla. En un mensaje se asegura que la está distribuyendo
20th Century Fox; en otro se niega y se afirma que detrás hay financiación particular.
Hay más versiones para el mismo hueco. Unos sostienen que el motivo es que la cinta denuncia redes en las que estarían metidos sectores muy poderosos; otros, que simplemente se trata de una operación de marketing que se alimenta del veto imaginario. Como prueba de que el interés existe, se apunta que las copias subidas a internet acumulaban
1,2 millones de visualizaciones en menos de 24 horas y que en taquilla estadounidense estaba batiendo a la última entrega de Indiana Jones.
Las críticas: de la etiqueta «QAnon» a la comparación con Spotlight
Algunas críticas la etiquetaron como película de la órbita conspiranoica. Eso, en la discusión, se lee como una forma de desactivar el tema sin entrar en él. La réplica más repetida es que el silencio sobre el tráfico de menores no es nuevo: ya lo retrató
Spotlight, con menores y con un caso real, y ganó un Oscar sin que cambiara nada.
El otro flanco es el comercial: se recuerda que
Venganza cuenta básicamente lo mismo con la víctima un poco mayor, y que nadie la acusó de ser un panfleto. A eso se suma el escepticismo sobre las motivaciones. Una corriente defiende que quien critica la película se retrata; otra responde que la sospecha permanente y sin pruebas acaba sirviendo de cortina de humo para el problema real.
Testimonios de rescates y mercados de menores
Entre los mensajes más leídos hay un relato en primera persona sobre un rescate en
Poipet, en la frontera camboyana, donde un grupo de misiones religiosas compró a unos niños antes de que fueran vendidos fuera del país. El autor del relato describe el barrio como una barriada enorme cuyos vecinos son mano de obra de los casinos de la zona, y asegura que ese trabajo se hace sin publicidad, negándolo a veces.
Otro testimonio, sin dar los nombres de los países, menciona ofertas de menores por cantidades irrisorias en dos lugares del mundo, y señala que la única diferencia era a quién había que pagar para que mirara hacia otro lado. Son relatos personales, no pruebas judiciales, pero dan al asunto la textura que no tienen los comunicados.
Quién gana con el ruido
Media docena de nombres propios y de siglas se cruzan en la discusión sin que ninguna acusación haya sido acreditada: aparecen fundaciones políticas, magnates extranjeros y supuestas tramas satánicas. Todo eso circula del mismo modo que la cifra de los 800.000 desaparecidos: como afirmación, no como hecho probado. La etiqueta burbujista de la sospecha universal acaba contaminando también a quien denuncia el problema.
Lo descolocante no es la película. Es que una producción de bajo presupuesto, sin promoción de las grandes plataformas y con ocho años de puertas cerradas, sume más visualizaciones en un día que muchos estrenos con alfombra y cáterin. Algo está fallando en el circuito, o en el relato que el circuito vende.