1.200 euros de sueldo, 900 de alquiler: trabajar no compensa
Un camarero de ocho horas cobra 1.200 euros. Un piso medio cuesta 900. Le quedan 300. Si en lugar de trabajar cobra el paro –600 euros– más ayudas, no madruga, no soporta jefes y las cuentas cuadran. La conclusión no es una opinión: es aritmética. Cuando la aritmética dice que trabajar es un mal negocio, algo huele a podrido en el mercado laboral.
Detrás no hay una legión de perezosos, sino una combinación letal: salarios de subsistencia frente a alquileres disparados, contratos de tres meses que no cotizan ni ahorran, y un colchón de prestaciones que, sumado a empleo en negro los fines de semana, convierte el no trabajar en una estrategia racional de corto plazo. La familia española –esa red que paga la casa y la comida hasta los 50– remata el cuadro. Incluso hay quien, con dos prestaciones aseguradas, decide dejar el empleo: la viudedad y la orfandad pueden más que un sueldo de convenio.
El resultado es una fuga silenciosa: los que pueden, se van fuera con su FP o su carrera, hartos de encadenar contratos precarios sin poder independizarse. Los que se quedan miran el horizonte y ven que trabajar es no mirar al futuro. ¿Cuánto hay que subir el salario para que remar vuelva a merecer la pena? Mientras la cuenta siga dando 300 euros de diferencia, la respuesta no va a ser bonita.