PP, VOX y la etiqueta que ha perdido el filo
«Fascista» se ha convertido en la palabra más barata del vocabulario político español. Vale para un partido a un milímetro a la derecha del PSOE, para un votante de barrio obrero y, según el día, hasta para un expresidente que gobernó con mayoría absoluta. La acusación es tan ubicua que ha dejado de distinguir. Y ahí arranca el asunto: cuando todo es fascismo, nada lo es.
Esa inflación semántica recorre cada ciclo electoral. La sospecha de fondo es que PP y VOX no encajan en lo que la historia designa con esa palabra, pero tampoco se parecen a la socialdemocracia europea que ambos invocan cuando les conviene.
De 'fachapobre' a 'socialdemócrata': el mapa de etiquetas que se pisan
El repertorio se ha vuelto autorreferencial. «Fachapobre» designa al trabajador que no vota a la izquierda, un término que describe mejor a quien lo usa que a quien lo recibe. En el extremo opuesto, hay quien coloca al PP directamente en el espacio socialdemócrata, con un argumento doble: en ciertos entornos se autodenomina así y su política económica no difiere gran cosa de la del bloque que dice combatir. La paradoja incomoda a los dos lados. Si el PP es socialdemócrata, el PSOE se queda sin suelo propio. Si es fascista, la comparación con el siglo XX se rompe sola.
Otra corriente sostiene que el peligro real no viene de las etiquetas extremas, sino de un mercantilismo financiero que reduce todo a beneficio y especulación, y que la clase trabajadora saldría peor parada con él que con cualquier paternalismo del pasado. Ese diagnóstico, llevado al límite, deriva a veces hacia relatos conspirativos sobre las finanzas. Ahí el análisis pierde el suelo.
Qué queda del término cuando se usa para todo
El fascismo tiene una definición histórica reconocible: partido único, corporativismo, supresión de elecciones, culto al líder, violencia organizada contra el disidente. Ninguno de esos rasgos encaja con formaciones que se presentan a elecciones y gobiernan dentro de marcos constitucionales. Confundir ambos planos no refuerza la crítica: la diluye y, de paso, blanquea por comparación lo que sí fue.
Queda la pregunta incómoda, la que nadie cierra: si la etiqueta sirve para ganar un titular pero no para describir un programa, ¿con qué se discute entonces? Con datos sería lo razonable. Rara vez ocurre.