El entierro más barato cuesta 3.000 euros: así se reparte la factura
Morir en España tiene una factura mínima que ronda los
3.000 euros. Es el precio más bajo que encuentra una familia que, sin seguro de deceso contratado, tiene que enterrar a un pariente en cuestión de horas. La escena se repite: la funeraria local da un presupuesto, el presupuesto incluye servicios que nadie sabe que puede rechazar y el duelo se convierte en una negociación con el bolsillo abierto. El cuerpo no espera, y quien firma tampoco tiene margen para comparar precios. Lo que sigue no es una excepción, sino el suelo del sector.
¿Por qué un entierro básico cuesta 3.000 euros?
Un servicio funerario básico, pelado, arranca en torno a los
2.000 euros más IVA. A partir de ahí todo suma: ataúd, velatorio, traslado, incineración o nicho, corona, esquelas. ¿Qué justifica ese suelo? La explicación que da el propio sector es la disponibilidad: personal que trabaja los
365 días del año, a cualquier hora, para recoger un cuerpo en un hospital o en un domicilio. Esa guardia permanente es, sostienen, lo que encarece cualquier servicio.
La objeción es inmediata. Recoger un cadáver y tramitar una incineración municipal no debería costar esa cantidad. El argumento se apoya en el propio negocio: cada vez hay más
extras —flores, lápidas, cáterin, urnas especiales— que se colocan por defecto y que elevan la factura sin que el cliente los haya pedido. Son los servicios que nadie desea y que, sin embargo, se cobran igual.
El desglose: qué se paga realmente
Puesto a separar conceptos, las cifras bailan. La incineración en un servicio municipal ronda los
500 euros de tasa media. La urna básica puede quedarse en
100. El traslado de restos, unos
150 euros; el crematorio municipal, aproximadamente
300. La operación de incinerar a un fallecido sin ceremonia ni velatorio queda muy por debajo de los 3.000.
La diferencia la absorbe el resto del paquete. La sala de tanatorio, que algunos cobran como si fuera un hotel de cinco estrellas, puede superar los
1.000 euros. Y el ataúd: un carpintero puede fabricarlo por unos
500 euros, pero en el circuito funerario se vende por
2.000. Un ataúd, además, que a veces acaba quemado con una simple caja de cartón debajo.
El monopolio que nadie consigue romper
El sector no funciona como un mercado libre al uso. Hay quien sostiene que un servicio funerario de bajo coste se estrella contra barreras difíciles de salvar: licencias, acuerdos con ayuntamientos, control de los tanatorios. Se cuenta el caso de cajas de cartón a 100 euros que fueron denegadas. En contra, la versión de un empresario del ramo: montar una funeraria no está prohibido ni es imposible, hay quien vive de ello y no es millonario.
Los dos relatos chocan, pero coinciden en el efecto. En la práctica el precio no baja ni compite. Es el dato que más se repite entre quienes han pedido presupuesto en varias ciudades: el mismo servicio, la mitad de precio a cien kilómetros de distancia.
¿Quién paga el entierro si no hay herencia?
Aquí está el punto que casi nadie conoce. Legalmente, los ayuntamientos pueden exigir a los familiares el pago del funeral, aunque no hubiera relación personal con el fallecido ni bienes que heredar. Se puede acabar pagando el entierro de un pariente lejano al que uno apenas recordaba vivo.
La alternativa pública es el llamado entierro de beneficencia, sin velatorio ni ceremonia, y no siempre está disponible ni se tramita con rapidez. Antes de aceptar cualquier presupuesto conviene revisar todos los seguros del difunto, no solo el de decesos. Hay quien plantea salidas colectivas: que cada asistente aporte una cantidad fija —30 euros, por ejemplo— y que ese fondo cubra el sepelio, en lugar de gastar en coronas de 400 euros.
El dinero del seguro de decesos que se queda sin cobrar
Hay un detalle que mucha gente paga durante décadas y desconoce. El capital sobrante de un seguro de decesos —lo que no se gastó en el entierro— debe reembolsarse al tomador del seguro o a sus herederos. No es una concesión de la aseguradora.
El matiz es que ese sobrante forma parte de la masa hereditaria. Para cobrarlo hay que aceptar la herencia y tributar por ella. Quien lleva pagando la póliza desde la infancia puede estar dejando sobre la mesa un dinero que le corresponde, y recuperarlo no es automático. El trámite tampoco ayuda: el certificado de últimas voluntades, paso previo para saber si hay testamento, puede tardar meses. En un caso relatado, el Ministerio de Justicia tardó
87 días en expedirlo.
El entierro acaba siendo el último gasto sobre el que nadie negocia, y el único que se paga con el pariente todavía caliente, en un plazo de horas que impide comparar. Con la incineración municipal en unos 500 euros y el entierro más barato en 3.000, la diferencia no la marca el coste de morir. La marca la capacidad de quien se muere para no pagar de más.