Putin no militarizará la economía: guerra larga sin objetivos claros
¿Se puede ganar una guerra renunciando a librarla a fondo? La presentación de conclusiones de la «operación militar especial» por parte de Serguéi Shoygu y Vladímir Putin deja una idea incómoda: Rusia no militarizará su economía ni su sociedad, no tiene prisa y avanzará «poco a poco, a su manera». En plena guerra de Ucrania, el mensaje suena a hoja de ruta sin destino. Nadie ha enumerado cuáles son esos objetivos que, según ambos, la operación mantiene intactos.
El argumento esgrimido para no apretar el acelerador es Afganistán: militarizar el país y la economía, se sostiene, acabó por colapsar a la propia URSS. El razonamiento tiene trampa. En Afganistán la potencia invasora conquistó el territorio con rapidez y luego perdió la guerrilla durante una década. Aquí, según la crítica más dura, el riesgo es el contrario: no tomar el país y desgastar la economía en el intento.
Los objetivos que nadie enumera
Shoygu y Putin repiten que la operación seguirá hasta cumplir «todos los objetivos», pero no detallan cuáles.
Esa ambigüedad es la que ha encendido las alarmas. Si el objetivo es una victoria militar nítida, una guerra sin metas concretas rara vez termina bien. Si el objetivo es cronificarla, el país entero debe prepararse para años de esfuerzo, y eso es justo lo que el Kremlin descarta asumir.
De ahí nace la hipótesis del
teatrillo: una guerra de baja intensidad, con pausas y avances de paso lento, que busca más el desgaste prolongado que la ruptura del frente. Hay quien sostiene que Rusia no puede permitirse perder porque tendría silos de la OTAN junto a su frontera y, por tanto, juega a que se canse antes el contrario. En contra pesa un dato que señalan otros participantes: tras un año de guerra, ciudades clave siguen sin tomarse.
¿Por qué se compara esta guerra con la de Irán e Irak?
El paralelismo que plantea el análisis es la guerra entre Irán e Irak:
nueve años de combate sin resultado para ninguno de los dos bandos, con el invasor incapaz de cumplir su objetivo inicial. Frente a eso, la invasión alemana de Polonia y Francia se resolvió en cuarenta días. La conclusión que se extrae es incómoda para Moscú: no es el tamaño del ejército lo que decide, sino tener un objetivo claro y la voluntad de terminarlo rápido.
La otra referencia es Siria, un conflicto que puede arrastrarse una década. Traducido a Ucrania, el escenario que plantea quien abre el debate es que
la guerra podría durar diez años. A partir de ahí, el pronóstico se ensombrece para todos los implicados.
Consecuencias para Europa: inflación e industria sin energía barata
El primer damnificado colateral es la economía europea. Si el conflicto se cronifica, el diagnóstico pesimista apunta a
años de inflación de dos dígitos y a una pérdida permanente del acceso a los recursos energéticos rusos de bajo coste, con el lastre añadido de financiar la guerra ucraniana con dinero impreso. La factura no la paga el relato oficial, sino el consumidor.
Sobre el papel de Rusia, la lectura más negra es terminal: una economía devastada tras una década de guerra de la que le costaría recuperarse, hasta el punto de que quien tenga activos allí debería pensar en sacarlos. No es un pronóstico unánime —otra corriente señala que Rusia sigue colocando gas y petróleo en China e India—, pero sí un temor extendido entre quienes participan en el debate.
El reparto global que se decide lejos del frente
Más allá del terreno, otra parte del análisis mira hacia la disputa de fondo: la pugna entre bloques por el orden mundial que saldrá de todo esto. Una de las tesis del debate es que ni Rusia ni China actúan como verdadera barrera frente a una agenda global común, sino que contribuyen a ella; frente a eso, quien abre el hilo sostiene lo contrario, que con Rusia se acaba la última resistencia. El antiguo pulso entre imperios se lee hoy como una competición por recursos y mercados dentro de un mismo marco.
En ese tablero, la firma de un pacto energético ruso-chino a varias décadas se interpreta, según un participante, como el movimiento que sostiene a Moscú mientras Europa mira de reojo su dependencia. Y queda la pieza que se citó al arrancar todo esto: el
Memorándum de Budapest de 1994, cuyas garantías sobre la integridad territorial ucraniana se consideran de papel.
El pronóstico que se extrae no deja margen al optimismo: el mundo que viene será, según esta lectura, más pobre, más restrictivo y con menos espacio para discrepar.