Procesado por no soplar con un neumotórax y siete costillas rotas
El 29 de marzo de 2024, la semana traía tres noticias de alcoholemia: un conductor a la fuga con siete veces el límite, un camionero de bombonas de butano con más del doble y un motorista de Paracuellos procesado por no poder repetir la prueba. Los dos primeros sí pudieron soplar. El tercero tenía un neumotórax y siete costillas rotas. No se negó: no pudo.
La vía alternativa que no se usó: análisis de sangre
Un punto del protocolo concentra la atención: cuando un conductor no puede repetir la prueba de alcoholemia en aire espirado, lo habitual en accidentes es acompañarle al hospital para extraerle una muestra de sangre. Si está consciente, se pide el consentimiento; si no, lo autoriza el juzgado. En este caso, según la información publicada, esa segunda opción no se aplicó o no consta que se ofreciera de forma efectiva. La negativa no fue voluntaria, fue física.
El límite legal, ¿prueba de intoxicación?
El dato del 0,47 mg/l en aire espirado ha abierto otra trinchera. Hay quien sostiene que superar el límite de 0,25 en un 88% es suficiente para considerar que el conductor circulaba bajo los efectos del alcohol. Pero también se ha señalado que ese umbral es un criterio administrativo, no un indicador médico de intoxicación clínica. El grado de afectación no se deduce solo del número, y la segunda prueba de contraste es precisamente la que permite matizar el resultado. Sin esa segunda medición, el caso se sostiene sobre una única muestra.
La pista en mal estado: otra lectura del accidente
El estado del asfalto y la ubicación del control de alcoholemia han alimentado la versión de que la caída no fue solo responsabilidad del motorista. Se ha mencionado la existencia de un control con poca visibilidad en una zona donde ya se habrían producido accidentes graves. La administración local, señalada por el mantenimiento de la vía, no aparece en el procesamiento. Para algunos, el foco debería estar en quién ponía las condiciones para que un conductor bebido terminara estrellándose, y no solo en su conducta.
El caso queda abierto. El motorista se enfrenta a un proceso por negarse a una prueba que no pudo hacer, con un pulmón perforado. El reglamento prevé la sangre como alternativa, pero la letra pequeña de la aplicación sobre el terreno sigue siendo, como suele ocurrir, un campo de minas. Nadie discute que beber y montar en moto es una temeridad. La cuestión es si el sistema está equipado para distinguir entre el que se niega y el que no puede.