El supuesto docente que insultó a una creadora de videojuegos, señalado
Una discusión sobre videojuegos desembocó en una universidad privada recibiendo una ristra de quejas. La cuenta que firma como Carlos Rodrigo, presentada públicamente como profesor de la Universidad Internacional de La Rioja, respondió a una creadora de contenido con un exabrupto en el que cuestionaba su conocimiento del medio, su edad y su físico, y la llamaba «perra». La propia afectada difundió el mensaje y el caso escaló hasta la institución. UNIR respondió después en su cuenta que no tiene constancia de que esa persona sea empleado suyo.
Qué ha dicho UNIR y qué exige la campaña de quejas
La universidad replicó que quizá se trate de un colaborador y pidió precisar en qué título imparte docencia. Mientras, la presión se organizó con tres números de teléfono y dos buzones de la institución para canalizar quejas, incluido el del defensor universitario. El mecanismo es conocido: lo que empieza como una trifulca entre dos cuentas termina con un empleador respondiendo por el comportamiento de alguien que, según su propio comunicado, puede que ni figure en su plantilla.
Insulto, consecuencias laborales y libertad de expresión
Aquí el desacuerdo es total. Una corriente sostiene que un docente no puede permitirse ese lenguaje y que asumir el coste —incluido el laboral— forma parte de ejercer la libertad de expresión. Enfrente, otra lectura avisa del efecto contrario: si cada exabrupto viral se convierte en una cacería con el puesto de trabajo como objetivo, el resultado no es más civismo, sino autocensura. Entre ambos extremos, varios testimonios recuerdan que buena parte de las quejas aterrizaron en una institución que niega tener relación laboral con el señalado, y que la denuncia formal, en su caso, corresponde a un juzgado.
Por qué el caso acaba en el terreno institucional
Ahí está el detalle que ordena todo: la controversia se juega sobre un puesto de trabajo, no sobre el vídeo. Identificarse en público con una universidad convierte un mensaje personal en un problema de marca para la institución, y el primer reflejo del empleador —o del supuesto empleador— es la distancia. Ese cálculo explica la respuesta de UNIR bastante mejor que cualquier discusión sobre videojuegos: en un sector privado y competitivo, nadie quiere aparecer en titulares por un insulto ajeno.
El asunto, por ahora, se queda ahí. No consta despido, no consta expediente disciplinario, no consta denuncia. Y la ironía es que toda la refriega versa sobre un juego de Pokémon, como apuntó alguno de los comentarios recogidos: un vídeo donde, según la propia afectada, ni siquiera aparecía ella.