El profesor que dejó el aula: diario de un curso perdido
Un alumno miraba el mapa de Europa al revés. Nadie lo corrigió, y ese detalle, casi anecdótico, resume el diagnóstico que hace Ánjel Mª Fernández sobre el aula que acaba de abandonar: la base es tan frágil que ni la herramienta más elemental funciona. En su libro
Había del verbo a ver. Diario del instituto cuenta algo bastante más serio: una compañera suya tuvo que coger un trozo de baldosa para defenderse de un alumno. «Me pregunto cuánto les ayuda que les regalen el título de ESO», dice.
Quién es Ánjel Mª Fernández y qué cuenta su libro
Nacido en Arnedo (La Rioja) hace
50 años, este profesor ha dejado la docencia después de una
década dando clase. El libro, editado por Pepitas Ed., es la crónica de su día a día en un centro educativo de
Navarra durante el curso
2019/20, el del Covid, tratando de enseñar a alumnos del programa de refuerzo. No se inscribió en las ofertas para interinos: está fuera. «Tenía una sensación física de ansiedad y desagrado», reconoce.
Él mismo se pone la etiqueta:
«Sí, estoy quemado». Y admite que ojalá nunca hubiera llamado imbécil o zoquete a un alumno, ni hubiera golpeado la puerta de un armario. También confiesa que estuvo cerca de agarrar a un chaval y agredirlo. Eso, dice, es lo que más dolor le ha producido: no lo que le hicieron, sino cómo respondió.
¿Qué se encontró en el aula del programa de refuerzo
El retrato que hace es duro y concreto. Un chico que compraba vibradores por internet y los revendía en el instituto. Otro con hachís. Una chica que se quedó embarazada con
15 años. Uno que se metía en peleas todos los fines de semana. La mayoría procedía de familias muy pobres, y esa pobreza se olía: la misma ropa toda la semana, y en invierno, a leña quemada. «Si no tienes con qué abrigarte, ¿cómo vas a rendir en lo académico?», se pregunta.
Hay más. Una niña a la que su familia evangélica no dejaba ir a clase y acudía solo cada dos semanas para que servicios sociales no interviniera. Otra que vivía con sus abuelos porque el padre estaba en la cárcel y la madre se desentendía. Muchos, sostiene, no reciben el afecto adecuado y lo buscan en el aula llamando la atención.
El mapa al revés y la pelea por el norte
La anécdota del mapa derivó en discusión propia. Se argumenta que poner el norte arriba es solo una convención heredada y que en el espacio exterior no hay arriba ni abajo; la objeción obvia es que los mapas llevan nombres escritos y que, con letras, sí existe un derecho y un revés. En una esquina del razonamiento aparece incluso una reivindicación identitaria: para quien mira desde España, se dice, el mapa debería colocarse con España arriba. La polémica dice menos del alumno que del sistema que lo ha llevado hasta ahí sin corregirle.
¿Falta vocación o sobra quemazón?
Aquí el desacuerdo es frontal. Una corriente sostiene que a este señor no le gusta la enseñanza y que alguien con tan poca vocación no debería haber pisado un aula; se compara el caso con el de un profesional que se queja de la parte ingrata de su oficio. La réplica desde el otro lado apunta a lo contrario:
un interino de 50 años tampoco está en condiciones de dar lecciones de compromiso, y hay quien recuerda que en generaciones anteriores muchos docentes llegaron a la carrera porque la nota no daba para otra cosa. Un veterano relata, sin adornos, 18 meses de baja por depresión grave y agotamiento profesional.
¿Se regalan los títulos de ESO?
Él cree que sí, y no solo en el refuerzo. Sostiene que muchos alumnos terminan 4º de la ESO y se gradúan sin haber soñado con hacerlo, que es raro que se repita curso y que durante el Covid hubo manga ancha con las notas por instrucción del Gobierno de Navarra. El nivel, dice, es el de Primaria: hay chavales de
12 años con un nivel de Lengua o Matemáticas de niños de ocho. Sobre el programa de refuerzo, cuenta que los propios alumnos traducen las siglas PROA como «Personas Retrasadas o Anormales».
¿Extender la enseñanza obligatoria hasta los 18?
Está en contra. A su juicio no solucionaría el problema, lo agravaría: algunos alumnos aseguran el primer día de curso que no piensan hacer nada en todo el año y lo cumplen a rajatabla. Defiende crear espacios de aprendizaje ajenos a los caminos de la ESO. De la FP no sale mal parada: les interesa el taller, lo que les desespera son las asignaturas obligatorias. Otras voces del análisis van en la misma dirección y proponen itinerarios muy prácticos desde los 12 o 13 años —electricidad, contabilidad—, con el ejemplo de las FP básicas que ya incluyen prácticas desde el primer curso. También se apunta que muchos quieren trabajar, como sus familias, empleadas en las conserveras o en el campo de La Ribera de Navarra.
El problema no es solo un instituto concreto
La descripción no se limita a los grupos de refuerzo. Se relatan centros situados en zonas acomodadas, con niveles bajos y alumnos que torpedean las clases, y direcciones que prefieren resolver los conflictos sin respaldar al profesorado. Es el punto donde coinciden las voces más alejadas entre sí: el problema no es un aula, es una escala.
Con esos mimbres, la pregunta no es si este profesor debía irse. Es cuántos siguen aguantando dentro sin escribir un libro.