La prohibición de cazar lobos abre otra guerra legal en el campo
Hay una cifra que descoloca a cualquiera que llegue nuevo al asunto: en solo una provincia española, las reses muertas por ataques de lobo pasaron de
2.000 a casi 3.500 en diez años. Justo el periodo en que se criaron camadas sin presión cinegética. La prohibición de la caza del lobo en toda España —con la única excepción del norte del Duero— ha dejado un reguero de datos incómodos, comunidades autónomas enfrentadas al Ministerio y un sector ganadero que ya habla abiertamente de
declaración de guerra al cuadrante noroeste del país.
El asunto no es nuevo, pero la discusión ha ido mutando. Empezó como una pelea entre ecologistas y escopeteros y ha terminado en un pulso administrativo donde Canarias o Baleares votan sobre una especie que no pisa sus territorios mientras
Galicia o Asturias cargan con el problema real. La próxima parada, según coinciden casi todos los análisis, es un contencioso-administrativo en serie.
Qué cambia la prohibición de cazar lobos y a quién afecta
La norma prohíbe la caza del lobo en todo el territorio salvo al norte del Duero, donde se mantiene el control poblacional. El problema es dónde está concentrada la especie:
el noroeste español alberga la mayor densidad de lobos de toda Europa. Es decir, la prohibición cae precisamente donde más ejemplares hay, y donde el ganado extensivo lleva décadas conviviendo con ellos.
La tesis de los defensores de la medida es que el lobo regula los ungulados y que la ganadería puede adaptarse con mastines, pastores eléctricos y estabulación nocturna. El argumento tiene su lógica biológica, pero choca con un detalle que apenas aparece en los informes: esas medidas implican cambiar formas de trabajo enteras, y buena parte de las explotaciones menores no tienen escala para asumirlas.
Ahí está el nudo. El ganado menor —ovejas, cabras— ya está prácticamente erradicado en muchas zonas loberas. Lo que queda es vacuno y equino de monte, y hay quien sostiene que si se deja al bicho campar sin control, esas también acabarán siendo inviables en extensivo.
El mapa de los ataques: Galicia, Asturias y el efecto expansión
Los avistamientos ya no se limitan al monte profundo. Hay registros de lobos
merodeando casas de campo y entrando en patios, y en Galicia se ha documentado el caso de un ejemplar que se llevó a un perro de dentro de una vivienda. Los perros de caza fueron las primeras víctimas; ahora lo son también mascotas domésticas.
Pero la expansión tiene otro frente. En Madrid ya hay
cinco manadas radicadas, según los datos que manejan quienes siguen el rastro de la especie. Y en zonas donde el lobo es escaso o inexistente, el vacío lo ocupan otros: en Cataluña,
perros asilvestrados mataron 221 ovejas en una sola noche, una cifra que supera la de osos y lobos juntos en un año entero.
Ese detalle es clave para entender la disputa estadística. Cuando aparece un rebaño destrozado, la atribución al lobo se ha convertido en norma. En Baleares el ganado también aparece despedazado y allí no hay lobos.
Algo no cuadra.¿Por qué la Fiscalía investiga a cientos de ganaderos por las indemnizaciones?
Porque el fraude existe y está documentado. La Fiscalía ha acusado a
más de 200 ganaderos por el cobro irregular de indemnizaciones por daños del lobo. Y un dato menos conocido: en torno al
13% de los daños atribuidos al lobo los habrían causado los propios ganaderos para cobrar.
Han sido varias las operaciones policiales que han destapado tramas de estafadores que denunciaban ataques que nunca ocurrieron, o que eran obra de perros asilvestrados. Incluso once guardas fueron investigados por fraude en la inspección de daños, aunque el juzgado acabó archivando esa parte.
Conviene no confundir el fraude con el sufrimiento real. Son dos cosas distintas y ambas ciertas: hay explotaciones que se arruinan con cada ataque y hay quien se lucra del sistema. La mezcla de las dos es lo que ha envenenado cualquier intento de pacto.
La batalla institucional: comunidades contra el Ministerio
La paradoja administrativa es notable. En la comisión que vota la protección de la especie, las comunidades que se oponen son las que acumulan prácticamente toda la
cabaña lobera del país, mientras las que respaldan la prohibición apenas tienen lobos sobre su territorio. El voto de Baleares o Canarias pesa igual que el de quienes sufren los ataques.
Los gobiernos autonómicos del noroeste preparan recursos. El argumento jurídico central es competencial: si la gestión del lobo está transferida, el Estado no puede prohibir su caza sin una base científica específica y actualizada. La respuesta del Ministerio se apoya en los informes que acumula desde hace años sobre el estado de la especie.
El pronóstico más repetido es un rosario de sentencias contradictorias entre comunidades, apelaciones al Supremo y una situación de incertidumbre que puede durar años. Mientras tanto, el monte no espera a los tribunales.
Mastines, lazos y el futuro del mundo rural
La convivencia con el lobo tiene un coste que rara vez se pone en números. Un ganadero mencionado en el caso llegó a tener
18 perros para proteger su rebaño; unos años después, el lobo le aniquiló las cabras. El estrés de no poder dormir, de no poder dejar el ganado solo, de no poder atender el papeleo que exige la propia administración, es un daño que ninguna indemnización cubre.
A esto se suma el temor a que la protección plena abra la puerta al furtivismo masivo. Ya se habla de lazos y de carne con alfileres, métodos antiguos contra los que es casi imposible peritar pruebas. La lógica es retorcida pero real: si el lobo muerto no vale dinero, nadie se delata por cobrarlo.
Hay análisis que van más allá y sitúan el conflicto dentro de una tendencia mayor:
las políticas de protección de grandes carnívoros se están revisando en toda Europa. Noruega planea matar el 70% de su población de lobos; Alemania autoriza cazar ejemplares que ataquen al ganado; Francia ha reabierto la puerta a la caza tras el regreso de la especie. La pregunta ya no es si España está sola en esta política, sino cuánto tiempo lo estará.
Con la sanidad pública como argumento inesperado —hay estudios que detectan altas tasas de tenia en lobos de Idaho y Montana—, con el turismo de naturaleza como alternativa que nadie sabe monetizar y con el ganadero y el biólogo mirándose de reojo, queda una pregunta que ningún informe resuelve: ¿quién paga los platos rotos de una política que se decide a 600 kilómetros del monte donde revientan?