Prostituir a la esposa: la economía oculta de algunos matrimonios
La escena se repite en miles de hogares españoles: la esposa tiene un nivel de gasto que no encaja con su salario, pero nadie pregunta. Detrás de ese dinero puede haber una herencia, un negocio online o, según testimonios recogidos en el ámbito del emprendimiento, una actividad que nunca sale en la declaración de la renta: la prostitución. La cuestión, que suena a chiste, tiene una lógica económica perversa que algunos analizan sin rubor: el matrimonio como empresa.
Dos realidades distintas emergen. Por un lado, mujeres casadas que ejercen la prostitución sin que su marido lo sepa, y que financian así los caprichos del hogar: ropa, cenas, maquillaje, peluquería. El marido disfruta de una calidad de vida sin preguntarse cómo se paga. Por otro lado, están los casos en los que el marido no solo lo sabe, sino que se convierte en intermediario, cobrando por el acceso a su esposa. Se describen incluso tarifas, aunque sin datos verificables.
Hay quien ve en este segundo grupo una evolución natural del que ha pagado toda su vida por contenido digital: acostumbrado a soltar la cartera por skins, suscripciones y onlyfans, termina aplicando la misma lógica al revés: cobrar por lo que antes pagaba. La comparación con Al Capone sirve como metáfora: lo que finalmente delata a los implicados no es el delito en sí, sino el desfase entre ingresos y nivel de vida.
Lo desconcertante no es que exista, sino que se analice con la misma frialdad que una inversión inmobiliaria, con la diferencia de que aquí el capital humano es el cónyuge y el retorno es invisible para Hacienda. Sin estadísticas oficiales, la única certeza es que la economía sumergida también tiene su lado matrimonial.