El 80% de los nuevos jueces en Francia son mujeres: ¿un éxito o un problema?
En 1946, las mujeres accedieron por primera vez al poder judicial francés. Ese año representaban un 5% de la magistratura. Ochenta años después, la cifra roza el 72% del total, y entre los nuevos alumnos de la Escuela Nacional de la Magistratura (ENM) el porcentaje femenino alcanza ya el 80%. La transformación es la más profunda de la historia del Estado francés desde la década de 1970, y no deja indiferente a nadie. ¿Qué implica para la justicia, la economía y la sociedad?
Una feminización imparable en todas las instancias
Los datos son tozudos. En los tribunales de primera instancia, las mujeres son ya el 68% de los jueces; en las cortes de apelación, el 62%. La progresión ha sido constante: del 20% en 1970 al 35% en 1980, 50% en 1990, 60% en 2000, 65% en 2010 y 69% en 2020. En 2026, último dato disponible, se sitúa en el 72%. La tendencia no se frena, y dado que las nuevas promociones son abrumadoramente femeninas, la proporción seguirá creciendo. La pregunta es si este cambio sociológico tiene consecuencias tangibles en las decisiones judiciales.
Decisiones incomprensibles o cambio de sensibilidad
El debate no es puramente estadístico. Algunos analistas señalan que la hiperfeminización del poder judicial ha coincidido con lo que describen como «decisiones incomprensibles, afrentas al sentido común judicial» y una indulgencia penal que consideran excesiva. No hay consenso sobre si existe una correlación causal, pero la percepción de que la justicia se ha vuelto más permisiva se ha instalado en amplios sectores. La discusión se centra en si la composición de género afecta al fondo de las resoluciones o si, por el contrario, se trata de un sesgo de interpretación.
El factor oposición: ¿ventaja femenina o cambio de valores?
Otro foco del análisis son las oposiciones a juez. Mientras que el acceso meritocrático parece neutral, se argumenta que las mujeres disfrutan de condiciones más favorables: apoyo familiar (padres y parejas) para dedicarse en exclusiva al estudio, menor penalización social del fracaso y, en general, un entorno menos hostil que el que enfrentan los varones, a los que se exige «emprendimiento y trabajo» desde jóvenes. Este desequilibrio en el sistema de oposiciones, unido a la feminización de la profesión, genera un debate incómodo sobre si el mérito se mide igual para todos.
¿Hacia una justicia con sesgo de género?
No hay estudios concluyentes que demuestren que las juezas sean más indulgentes o tomen decisiones menos firmes. Pero la sospecha recorre los foros profesionales y ciudadanos. La justicia, como cualquier institución, refleja los cambios demográficos y culturales de la sociedad. Que el 80% de los nuevos jueces sean mujeres no es, en sí mismo, un problema, pero sí obliga a preguntarse si la selección actual favorece a un perfil determinado y si la diversidad (también la de género) no debería buscar un equilibrio más representativo. Mientras tanto, la tendencia sigue su curso: la justicia francesa será, en una generación, mayoritariamente femenina. Queda por ver si eso cambiará su rostro o solo su composición.
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