Un pueblo con bitcoin, armas a los 100 días y una sola iglesia
Para tener acceso a las armas en el Pueblo Burbuja basta con llevar 100 días viviendo dentro. Los fundadores quedan exentos de la espera. Es una de las primeras reglas del anteproyecto que un grupo de preparacionistas ha puesto sobre la mesa para levantar una comunidad rural cerrada, autosuficiente y armada con la que atravesar el apocalipsis que, aseguran, se aproxima.
El diseño incluye armería central, granja, clínica, escuela con clases de primeros auxilios y hasta peluquería con peinado característico. Lo llamativo no es el catálogo de servicios, sino el modelo de convivencia: acceso a las armas escalonado en el tiempo, una única confesión religiosa, un juez electo como única autoridad y una divisa que no admite billetes. La población prevista la forman los impulsores y sus familias, con un reparto inicial de dos mujeres por cada habitante varón, una premisa que ya ha generado comentarios dentro de la propia discusión.
Qué es el Pueblo Burbuja y qué normas tendría
El esqueleto normativo es explícito. La armería ocupa el centro del pueblo, sin actividad comercial dentro, y cualquier residente recibe entrenamiento con pistola, escopeta y rifle para poder tomar prestado material cuando lo necesite. Las armas de gran calibre se quedan guardadas salvo para quienes están de guardia. La defensa y la ley las aplican los vigilantes, encargados de las fronteras y de evitar altercados y robos. La búsqueda de suministros y cualquier operación fuera del perímetro recaen en un cuerpo aparte, con los mejores vehículos y el mejor armamento, y entre sus tareas está reclutar nuevos residentes, personal médico y gente con experiencia militar.
Hay línea roja:
prohibido matar, robar o destruir entre habitantes. Y hay filtro de entrada, porque no se admiten personas con enfermedades que impidan trabajar.
¿Dónde se instalaría? De Peñalba de Santiago al Pirineo
Los requisitos del emplazamiento son geográficos antes que ideológicos: río que fluya todo el año, iglesia, montañas fértiles cerca y, en palabras del planteamiento,
jamás establecernos en un secarral. La elección provisional es
Peñalba de Santiago, en la provincia de Castilla y León, descrito como un núcleo muy aislado con leña, río y viviendas ya edificadas, y con 26 grados en el momento de la propuesta.
La alternativa que plantea otro participante es el Pirineo catalán: la zona al oeste de Andorra, en Les Valls de Valira. El argumento es logístico —proximidad a Andorra, a las pistas de esquí, al mar Mediterráneo y a la frontera francesa—, aunque quien defiende esa opción reconoce que no le encuentra uso particular a ese último punto. En cualquier caso, el terreno no se regala: o se conquista, o se pacta con quienes ya lo habitan.
¿Cómo funcionaría la economía? Bitcoin, monedas de euro y un año de margen
La divisa oficial serían
bitcoin o monedas de euro, con exclusión de los billetes por su fragilidad. La propuesta bromista de sustituirlos por latón y tapas de yogur aparece también en el hilo. El plan productivo pasa por campos de cultivo con el objetivo de dejar de depender de las conservas en un plazo de un año, una granja con huevos, leche y carne ocasional, taller con maquinaria variada, mecánico para reparar vehículos y reponer combustible, y un comedor comunitario donde las dietas no serían de pago al principio y podrían pasar a cobrarse por repetir una vez que cada residente tenga oficio y monedas.
La electricidad se resolvería con generador y estación de carga, con la aspiración de llevar la luz a todo el pueblo, y el internet se mantiene como infraestructura clave: si sigue funcionando, se convierte en la columna vertebral de las comunicaciones internas.
La crítica interna: una autarquía sin nada que vender
Aquí empieza el problema serio. Una parte de los participantes sostiene que el diseño no tiene motor económico: si nadie produce algo que interese a compradores nacionales o internacionales, no entra dinero y la comunidad se queda sin circulante más allá de las reservas iniciales. El resumen más ácido es que no se puede montar un sistema económico a base de reparto de oficios y de trabajar por un cuenco de arroz.
Frente a eso, hay quien propone una secuencia mucho más terrenal: ocupar primero un pueblo abandonado, cometer pequeños hurtos hasta conseguir el beneplácito de la administración autonómica y solo después comprar las propiedades, celebrar elecciones y constituir ayuntamiento. Otra línea, más ambiciosa, plantea amurallar el núcleo, votar la independencia, convertirlo en paraíso fiscal y emitir un token propio como moneda nacional.
Junto a las objeciones económicas conviven las de convivencia: que la cosa se rompería a las primeras de cambio, que escasearían productos básicos y que el reparto de poder recordaría a un caciquismo de manual. La España vaciada, dicen algunos, parecería superpoblada al lado del poblado.
Quién manda: un juez electo y fundadores que no rinden cuentas
La arquitectura política es minimalista:
un juez elegido por votación popular que intenta poner de acuerdo a los habitantes en caso de problemas. No hay más administración. La ley y la defensa son cosa de los vigilantes; la ofensiva exterior y el aprovisionamiento, del cuerpo expedicionario.
El punto que más fricción genera es el estatus de los fundadores. El planteamiento les concede confianza automática: no tendrían que demostrar nada, porque sin un mínimo de confianza inicial ningún proyecto de este tipo arranca. La réplica es que la confianza no debería concederse por haber llegado el primero ni negarse por ser recién llegado. El mismo criterio de acceso excluye a quienes no trabajan y a determinados perfiles profesionales vinculados a la seguridad pública.
Y luego está el reparto de tareas, decidido antes de que existiera pueblo: tesorero, arquitecto, electricista, granjero, sastre, barman, sacerdote, bibliotecario y hasta una plaza de tonto del pueblo cuyas funciones, según reclama el aspirante, consisten poco más que en holgazanear con la vista puesta en los demás.
El anteproyecto tiene iglesia, armería, granja, clínica y peluquería con peinado propio. Le falta el único dato que decide si un pueblo vive o se apaga: qué produce que alguien de fuera quiera comprar. ¿Se sostiene una comunidad cerrada sin nada que vender?