Ceuta bajo presión: el pulso entre el 1 y el 0
España no está dispuesta a defender Ceuta. O, al menos, la conversación pública que ha generado la presión sobre la ciudad autónoma deja esa conclusión incómoda. Una encuesta improvisada sobre el grado de disposición a movilizarse ante un hipotético avance jovenlandés, con escala del 1 al 10, se ha saldado con una mayoría que se sitúa en el 1 o incluso reclama el 0. «Gana el 1 por goleada», resume una de las intervenciones más citadas. La épica de los Tercios, los Regulares o el COE aparece en algunos mensajes, pero el tono dominante es el de quien ya no cree que la partida valga la pena.
La escala, curiosa ironía del debate, arrancaba en 1 porque su creador no podía fijar el 0 con la herramienta de votación. El primer mensaje de respuesta fue precisamente eso: «¿No hay cero?». A partir de ahí, la discusión se dividió entre quienes sostienen que España debe defender las plazas a cualquier precio y quienes consideran que el país ya no tiene nada que defender.
El rechazo a movilizarse no es solo pereza
El argumento más repetido para quedarse en el cero no es el miedo al conflicto, sino la desafección con las instituciones. Se menciona al Gobierno, al Tribunal Supremo, a la propia Corona como parte de un entramado que habría dejado a Ceuta «a su suerte» y con «poquísimos efectivos». En ese contexto, el sacrificio personal carece de sentido: «Si nos invade Jovenlandia, que lo haga bien», ironiza una postura que prefiere un cambio de manto a seguir bajo el actual marco político.
Hay también un componente generacional y económico. La queja por el precio de los carburantes se cuela como señal de un malestar cotidiano que erosiona cualquier proyecto colectivo. A quien ya no le llega a fin de mes, el himno le suena a propaganda. Y quien piensa en el futuro apunta a la falta de incentivos para formar una familia: «España no ofrece nada a un varón heterosenshetero que quiera empezar de cero», se escucha como lamento demográfico.
La épica choca con el guerrero de salón
Sin embargo, la corriente movilizadora existe y no es residual. Un ex militar profesional condiciona su apoyo: un 0 si siguen los «vividor del Congreso», un 9 si los que dirigen la operación son los generales de los Tercios, el COE y los Regulares, con exclusión de «el Borbón». Otros reducen toda la cuestión a la defensa de la propia ciudad: «no voy a ir a cientos de kilómetros teniendo ajama en mi misma calle», argumenta quien prefiere proteger su entorno primero.
La distancia física es otro factor. Ceuta y Melilla se perciben como un problema lejano, una «última frontera» entre civilizaciones, como el Osgiliath de Gondor, pero con el transporte de tropas y logística que eso implica. La ironía es que los mismos que reclaman a los políticos dejar el sofá y dar ejemplo son, a menudo, los que piropean a los héroes del teclado y no se ven cruzando el Estrecho.
El punto de no retorno que nadie quiere nombrar
El debate se abre con un título que no engaña: «Punto de no retorno», y ese es el auténtico trasfondo: la sensación de que el consenso nacional sobre Ceuta y Melilla se ha roto por el eje. La desconfianza hacia los dirigentes es tan profunda que, para una parte del análisis, el verdadero enemigo no está en Rabat, sino dentro de las instituciones. «El principal enemigo está dentro», se repite como un mantra. Ese diagnóstico, sea o no acertado, explica que la pregunta por la defensa de la plaza se conteste con otro problema: ¿de quién la defendemos?
La pregunta queda en el aire: si la desafección sigue creciendo, la próxima crisis en el norte de África puede encontrarse con una sociedad que prefiera mirar hacia otro lado. La épica se ha quedado para los libros de historia y las redes sociales. El futuro de Ceuta, a esta altura, parece depender menos de la voluntad de defenderla que de la capacidad de reconstruir un proyecto común que la haga defendible.