Cristianismo, inmigración y el coste de perdonar al inquilino
Hay quien sostiene que el cristianismo, con su mandato de poner la otra mejilla y amar al prójimo, se ha convertido en el mejor aliado de la inmigración masiva. La crítica es tan antigua como la pólvora: la Iglesia, al predicar la igualdad radical y el perdón, estaría socavando cualquier frontera real. Pero esa lectura, tan extendida en ciertos círculos, es al menos incompleta.
Lo que subyace al debate no es solo teología. Es un diferencial de coste: ¿quién paga la cama de la patera? Los que defienden la acogida citan el Evangelio; los críticos señalan que el mismo Evangelio distingue entre hijos y criaturas de Dios, y que la misericordia no obliga a disolver el Estado-nación. La posición de la Iglesia oficial, en cambio, es más matizada: el papa no es líder de todos los cristianos –los ortodoxos y protestantes tienen su propio criterio– y, de hecho, los protestontos (como los llaman los más deslenguados) suelen estar más cerca de los alubios en esto de la inmigración.
El problema económico no es la moral, sino la cuenta. Los inmigrantes que llegan en pateras no lo hacen por una doctrina de amor, sino porque están tiesos. Y la economía de un país que acoge sin calcular acaba teniendo un agujero. El verdadero retraso no es creer o no, sino no saber leer los números entre líneas teológicas. Con estos mimbres, la política migratoria europea –que mezcla doctrina social con necesidad de mano de obra– seguirá siendo un foco de tensión. ¿Hasta cuándo? Hasta que alguien ponga los costes sobre la mesa y decida si los quiere pagar.
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