El asco por los tatuajes: un prejuicio que no envejece bien
En 'Juan y Medio', una señora septuagenaria con un tatuaje recién hecho y un piercing en la nariz se convierte en objeto de burla. Para unos, es un esperpento; para otros, un ejercicio de libertad. La pregunta que circula por las redes es directa: ¿qué da más asco que ver a una persona tatuada?
El estigma que no cicatriza
Los tatuajes pasaron de ser marca de marginados a fenómeno de masas, pero el rechazo se mantiene. En los espacios de opinión, las descalificaciones se mezclan con argumentos estéticos: el calvo con la calva tatuada, el abuelo con un dragón que acabará pareciendo un lagarto atropellado, los piercings que acompañan como un pack inseparable.
Neobárbaros frente a la sofisticación clásica
Hay quien ve en el auge del tatuaje una regresión cultural. Según esta lectura, se abandona el legado grecorromano de pensamiento y elegancia por primitivismo y grosería. A esa corriente se la podría resumir como la batalla de los 'neobárbaros' contra el canon clásico, en la que los medios de comunicación juegan un papel decisivo imponiendo, dicen, el feísmo.
El tabú de la salud, sin base científica
Otra línea va más allá y asocia la tinta con enfermedades que no se corresponden con la realidad. Comparaciones que rozan lo absurdo revelan un prejuicio difícil de desactivar: el tatuado como portador de un estigma que recuerda a viejos tiempos.
Lo paradójico es que quienes hoy se escandalizan con una abuela tatuada pertenecen a la generación que normalizó el piercing. El asco, más que un juicio estético, es el lamento por un mundo que ya no reconocen. Y mientras unos deliberan sobre si la tinta envejece mal, otros ya cubren sus primeras canas con nuevos diseños.