Ser comunista: de la pistola cargada al Rolex del camarada
Hay una escena que resume el estado de la cuestión. Alguien entra en un hilo titulado «¿Qué es ser comunista?» y suelta, sin despeinarse, que un comunista es un
hombre muerto que duerme con la pistola cargada esperando al enemigo. A los pocos mensajes, otro responde que el reloj de los campeones patrocina el asunto. Entre esas dos imágenes —el guerrillero de salón y el Rolex— se despliega una discusión de 133 respuestas que dura ya 666 días y que dice más del presente que de Marx.
El mensaje que abre el fuego no deja lugar a dudas: ser comunista no es ser una
Charo podemita hablando de dignidad y justicia social. Es, según su autor, entender que la lucha de clases es
guerra, sin treguas ni reformas, y estar dispuesto a entregar «desde el sudor hasta la sangre». El tono —Stalin en modo dandy, lo llama él mismo— marca el listón de intensidad. A partir de ahí, el nivel baja, sube y se enreda.
De la pistola cargada al chalet de Pablo Iglesias
La primera grieta aparece pronto. Frente al revolucionario de manual, alguien recuerda que
Santiago Carrillo denunció públicamente a su propio padre por el crimen de ser socialista. La anécdota sirve para algo más que para el chascarrillo: introduce la sospecha de que la coherencia ideológica es lo primero que se pierde cuando se llega al poder. Y de ahí al
Rolex hay un paso. Otro participante lo da: ser comunista es exigir que se reparta la riqueza cuando no tienes donde caerte muerto y escurrir el bulto en el momento en que posees algo. El ejemplo que se cita es el de
Pablo Iglesias desde su chalet, amparado por un escolta que pagan todos los contribuyentes, sean de izquierdas o de derechas.
La acusación no es nueva, pero en el contexto del hilo funciona como un golpe bajo que nadie responde. La discusión se desplaza entonces hacia el terreno de la definición económica. Un participante sostiene que un comunista, literalmente, es alguien que cree que los demás tienen una deuda con sus necesidades, definición que, añade, también valdría para un ladrón. La respuesta no se hace esperar: el capitalismo es el único sistema que no basa la riqueza en el robo y el saqueo, sino en la producción y el comercio, mientras que el
comunismo expolia los medios de producción para entregárselos a funcionarios dogmáticos que los arruinan.
El muro de Berlín y la frontera que nadie cruzaba
El debate se encona cuando entra la historia. Un participante lanza la pregunta que muchos evitan: si el comunismo es tan bueno, ¿por qué los alemanes del este no podían salir? La respuesta oficial del hilo es que el muro solo cubría Berlín, que la RDA era mucho más grande y que con visado se podía viajar. La contrarréplica es contundente: hasta que se levantó el muro, los berlineses cruzaban la calle para visitar a sus familias; después, ya no dejaron salir a nadie, salvo a deportistas y artistas debidamente vigilados. La frontera, se argumenta, no la crearon los occidentales, sino quienes se dieron cuenta de que nadie quería vivir esclavizado en su paraíso.
El intercambio deriva hacia Corea del Norte. Alguien ironiza con que cada día miles de pateras se hunden frente a sus costas en su empeño por llegar. La ironía no necesita explicación. Y de ahí se salta a
Pol Pot, que según una de las intervenciones era protegido de Estados Unidos y tuvo que ser expulsado por los comunistas vietnamitas. La discusión sobre quién fue el bueno de la película se pierde en la niebla de las interpretaciones cruzadas.
El comunismo cayó en 1989 (y el fascismo en 1945)
La frase es de un participante que resume el argumento más repetido: el comunismo es una ideología muerta, enterrada por la historia. La respuesta desde el otro lado es que el futuro pertenece a los comunistas, que siguen ahí, esperando. La discusión se convierte entonces en un intercambio de etiquetas: que si los derechistas son lacayos que se camuflan, que si los de izquierdas son secta, que si los de derechas son alcohólicos y agresivos. El nivel de fineza no mejora con el tiempo.
En medio del ruido, aparece un dato que merece atención: la gráfica del periodo comprendido entre
1939 y 1975, que se usa para ilustrar el crecimiento económico español durante el franquismo. No se aportan cifras concretas en el material disponible, pero el gesto es significativo: la comparación entre sistemas se hace con series históricas, no con eslóganes. Es, probablemente, el único momento en que el debate se acerca a algo parecido a un análisis.
La pregunta que nadie responde: ¿qué queda del comunismo hoy?
El hilo se cierra, como suele ocurrir, sin conclusión. Unos sostienen que el comunismo es una aberración basada en la injusticia en nombre de la justicia, comparable a los hornos nazis. Otros defienden que el capitalismo es el único sistema que genera riqueza sin saqueo. Y unos terceros, los menos, insisten en que el futuro les pertenece. La única certeza es que, 666 días después de la primera pistola cargada, nadie ha convencido a nadie.
El dato que descoloca no es ideológico, sino temporal: la discusión lleva abierta casi dos años y sigue exactamente en el mismo punto. Quizá porque la pregunta «¿qué es ser comunista?» tiene tantas respuestas como personas dispuestas a responderla, y ninguna de ellas sirve para cerrar la boca a la siguiente.