La lectura veraniega de los que no confiesan lo que leen
¿Qué lee la gente que dice que no lee? La respuesta, en un rincón de vacaciones, mezcla la novela ligera de Elvira Lindo con las 'Elegías de Duino' de Rilke. Un lector retoma 'Yo y el imbécil' de Elvira Lindo, el libro que su hijo tuvo que soportar en el instituto. Le entretiene, le hace reír: le pone un 8 como lectura veraniega y un 6 como novela. Nada que ver con los clásicos que uno esperaría en un profesor, pero ahí está.
Al lado, otro confiesa que lee 'Elegías de Duino' de Rilke. Y un tercero lo tiene claro: informes de resultados, cuentas de Twitter graciosas, textos de psicología, economía seria en contados hilos, entradas de Wikipedia sobre historia. Fuera, responde con un seco 'no me gusta leer libros'. Mejor no detallar.
El momento serio llega con el dolor crónico. Uno explica que los problemas de cuello de nacimiento le han dejado sin concentración, con acúfenos y dolor permanente. Leer se convierte en un reto: todo se consume a cachos, incluso los textos cortos. Ya no es pereza; es biología. La capacidad de sumergirse en un libro se va a pique y no hay voluntad que lo arregle.
Mientras, en la superficie, la respuesta social sigue siendo la misma: no me gusta leer. Y uno se queda con la ironía de que las lecturas más honestas se confiesan entre los que no necesitan aparentar.