La desconexión con la sociedad española que se agrava desde 2018
Sentirse extranjero en el propio país ha dejado de ser una exageración de sobremesa. La desconexión social en España arrancó como una queja sobre la clase política y ha terminado convertida, ocho años después, en un diagnóstico mucho más amplio: el de quien no reconoce ni el país, ni las reglas, ni a la gente con la que comparte acera. El punto de partida, en junio de 2018, era puramente institucional.
«No queda nada ni nadie a nivel institucional en quien confiar», resumía el mensaje que abrió el asunto. De ahí al malestar general solo había un paso.
¿Por qué crece la sensación de desconexión social en España?
Porque el enfado ya no apunta a un gobierno concreto, sino al conjunto del modelo. Una línea de análisis sitúa el origen en
cuatro décadas de políticas socialdemócratas y en lo que llama el régimen del 78, el armazón institucional salido de la Transición. Otra añade capas sucesivas: la gestión de la pandemia y la guerra de Ucrania. Cada episodio, sostienen, ha ido sumando distancia entre el ciudadano y unas instituciones que debían representarlo.
Hay un matiz que se repite. La desconexión no es tanto con el país como con la sociedad que lo habita. Ese desplazamiento importa, porque deja de ser una reclamación política para volverse algo más incómodo: una
extranjería de salón que no se arregla votando. Y no es un fenómeno exclusivamente español. Se recuerda que el malestar recorre casi toda Europa, aunque aquí, se argumenta, el ritmo de la llamada ingeniería social habría sido especialmente asfixiante. La lectura compartida es que responde a dinámicas globales, no solo locales.
El choque cultural que separa a vecinos y generaciones
Buena parte de la conversación gira en torno a la
inmigración y a lo que se percibe como un cambio acelerado del entorno. Conviene separar el dato de la impresión. Lo que hay, sobre todo, es una tensión social: quienes sostienen que el volumen de llegadas tensiona los servicios públicos, la vivienda y el mercado laboral, frente a quienes defienden que quienes llegan lo hacen huyendo del hambre y de la guerra y tienen derecho a ganarse la vida. Las afirmaciones más rotundas circulan sin respaldo estadístico; las cifras concretas, sencillamente, no aparecen.
A ese fondo se suma la disputa cultural: el papel del feminismo, la corrección política, el castigo social a quien se sale del guion. Hay quien describe
un miedo real a decir en voz alta lo que se piensa por temor al estigma. Que si alzas la voz la gente deja de hablarte, que si discrepas quedas marcado. El efecto, dicen, es un silencio incómodo que agranda la soledad. El resultado es un país donde dos vecinos pueden vivir realidades paralelas sin cruzarse jamás.
La desconexión no es solo cosa de quienes defienden la unidad de España
Aparece aquí un contrapunto poco habitual. Frente a quienes vinculan su desafección a la unidad del país, otra corriente responde que el independentismo catalán vive una alienación aún mayor, porque a las políticas generales suma la distancia con el Estado y con la monarquía. La conversación se enreda en una
competición de agravios difícil de arbitrar. Un participante sostiene incluso que el independentismo habría terminado abrazando las mismas recetas globales que dice combatir.
La metáfora que resume el malestar: vivir dentro de Matrix
Para describir la sensación, se recurre a la cultura popular. Unos hablan de Matrix y de haber tomado la píldora roja; otros, de
La invasión de los ultracuerpos, esa película en la que los vecinos siguen siendo los mismos pero ya no son ellos. Quienes pasaron años fuera del país cuentan que el regreso fue como aterrizar en otra realidad. La conclusión compartida es incómoda: el problema no es la falta de información, sino la certeza de ser minoría en un entorno que no se cuestiona nada.
El paso del tiempo: de la queja de 2018 al pesimismo de 2025
La evolución del asunto es su mejor prueba de fondo. Lo que en 2018 sonaba a desahogo individual se ha ido consolidando. Quienes volvieron a escribir años después coinciden en un punto:
estamos peor que entonces. Las referencias a la pandemia, a la guerra en Ucrania y a la Agenda 2030 como horizonte se repiten. Algunos hablan sin rodeos de un futuro tipo Mad Max o de un control social a lo Orwell, y no siempre en broma. El horizonte 2030, mencionado por varios participantes, cierra casi todos los pronósticos. La conversación ha envejecido, y lo ha hecho, según quienes la retomaron,
demasiado bien.
Los pronósticos que se manejan son sombríos: muchos dan por hecho que 2030 será peor que este presente ya degradado. Con una reserva. El pesimismo convive con la idea de que la masa acaba teniendo un tope y el péndulo, tarde o temprano, gira. Nadie sabe cuándo. Ese es, hoy por hoy, todo el consuelo disponible.