La desregulación era el producto: la norma fulminó al patinete eléctrico
En Madrid ya no se ven. Los de alquiler, arrasados por la prohibición de aparcar en cualquier esquina; los privados, contados con los dedos de una mano. El patinete eléctrico, ese invento que prometía descongestionar las ciudades, ha pasado de ser ubicuo a ser una rareza. La causa tiene nombre: la regulación.
Seguro, casco y aparcamiento: el tridente que lo cambió todo
La secuencia se ha repetido en varias ciudades: nada de aceras, seguro obligatorio, casco y aparcamiento en espacios reservados que escasean. Cada capa de normativa resta ventajas a un invento cuya gracia era la desregulación. Con papeles y equipamiento, deja de compensar frente a la moto, que al menos tiene potencia para distancias largas.
Las minimotos y los segways ya marcaron el camino: en cuanto se regularizan, el juguete deja de ser rentable.
El casco, la gota que colmó el vaso
La exigencia del casco es la medida que más usuarios se ha llevado por delante. El patinete servía para ir a por el pan, para tramos cortos, para llegar al metro. Cargar con un casco convierte el trayecto en una gestión de logística. La seguridad vial es defendible, había atropellos a punta pala; pero el casco no evita el atropello y carga al usuario con un incordio. La estimación habla de miles de usuarios perdidos solo por eso.
El relevo: la bici eléctrica, con el mismo problema
Quienes aún quieren moverse sin sudar migran a la bici eléctrica plegable. Pero el patrón se repite: durabilidad limitada y, desde octubre, casco obligatorio también para las bicis urbanas, incluidas las que no tienen batería. Menos niños en bici, menos trayectos improvisados.
El dato que descoloca: el sector no se ha hundido por los accidentes, sino por la obligación de llevar un casco para cruzar la ciudad. La seguridad sirvió de coartada; la burocracia remató la faena.