Pasta de dientes: por qué casi todas llevan 1450 ppm de flúor
Abrir el estante de dentífricos de cualquier supermercado y encontrar el mismo número repetido en el dorso de casi todos los tubos:
1450 ppm. Da igual la marca, el precio o lo que prometa el envoltorio. Esa cifra —partes por millón de flúor— es la primera cosa que descoloca a quien se para a leer la letra pequeña, y el punto de partida de una discusión que lleva meses abierta: ¿qué hace que una pasta de dientes sea buena? ¿El precio? ¿El principio activo? ¿El abrasivo? ¿O simplemente que no lleve nada de lo que la mitad de la gente desconfía?
La respuesta corta es que no hay respuesta corta. La larga ocupa varias estanterías.
Qué lleva realmente una pasta de dientes
El flúor aparece en la mayoría de los tubos como
fluoruro de sodio, y la concentración está estandarizada: 1450 ppm para adultos, algo menos en las versiones infantiles. Hay quien sostiene que esa cifra es precisamente el problema, porque el compuesto endurece el esmalte sustituyendo la hidroxiapatita natural por
fluorapatita, más resistente a los ácidos que segregan las bacterias. El precio a pagar, según esta lectura, es una exposición continuada por vía sublingual al tragar pequeñas cantidades, con riesgo de fluorosis dental —manchas blancas irreversibles— y un esmalte que se vuelve más frágil por dentro aunque aguante mejor por fuera.
Frente a eso, hay quien defiende que si el flúor fuera un veneno en las dosis que se usan en higiene oral, la esperanza de vida en las ciudades con agua fluorada no sería la que es. La discusión, por tanto, no va de si el flúor mata, sino de si merece la pena el intercambio.
Fluoruro de estaño, el ingrediente que irrita las encías
Hay una pista que suele pasar desapercibida: no todos los flúoruros son iguales. El
fluoruro de sodio es el estándar. El
fluoruro de estaño se está extendiendo porque se le atribuye mayor potencia de limpieza, y hay quien ha tenido que abandonar su pasta habitual por irritación de encías al cambiar de formulación sin darse cuenta. Es un detalle que no aparece en el frontal del envase y que obliga a girar el tubo.
El otro gran olvidado es el abrasivo. El
óxido de aluminio es el más común, y es el responsable de que la pasta limpie de verdad. Sin abrasivo, el cepillado se queda en un masaje con espuma.
Las alternativas sin flúor y la nano hidroxiapatita
El mercado de pastas sin flúor existe, aunque no es fácil encontrarlo en tiendas convencionales. Las fórmulas más habituales combinan
bicarbonato de sodio y sal marina, o carbón activado. También hay quien directamente renuncia al dentífrico y se limita a retirar restos de comida con el cepillo, una postura minoritaria pero defendida con vehemencia.
La novedad que empieza a circular es la
nano hidroxiapatita, un compuesto que imita el mineral del propio diente, regenera el esmalte y blanquea. Casi todas las marcas que la incorporan son extranjeras y se compran por internet; en farmacia española apenas hay una referencia localizada. El problema, como casi siempre, es el precio: la versión nano cuesta más que la hidroxiapatita convencional.
El hilo dental y el enjuague que casi nadie menciona
En medio del ruido sobre ingredientes, aparece un consenso incómodo: lo que más importa no es la pasta, es el
hilo dental. Y hay quien añade un detalle doméstico que no sale en ningún prospecto: cepillarse y enjuagarse con agua bien caliente. La temperatura, según esta práctica, influye más de lo que parece.
También hay quien recuerda que la pasta no es imprescindible: cepillarse sin dentífrico después de cada comida cumple la función mecánica. La objeción es razonable: si basta con el cepillo, ¿para qué pagar por un tubo con una lista de ingredientes que la mitad de la gente no sabe pronunciar?
El precio como criterio y el problema del etiquetado
Una parte del consumo se guía por un criterio simple: cuanto más cara, mejor. Es el razonamiento que lleva a elegir una pasta de farmacia frente a la del supermercado, aunque el principio activo sea el mismo y la concentración de flúor, idéntica. La paradoja es que las marcas premium suelen ser las que incorporan
dióxido de titanio, un aditivo que arrastra mala puntuación en las bases de datos de ingredientes cosméticos, mientras que algunas fórmulas básicas salen mejor paradas.
La conclusión práctica que se repite es que el etiquetado no está pensado para que el consumidor compare, sino para que no compare. La información útil —tipo de flúor, abrasivo, aditivos— está en el dorso, en letra pequeña, y solo se entiende si uno sabe qué buscar.
Al final, la pregunta inicial —qué hace buena a una pasta de dientes— se responde sola: que lleve lo que uno quiere que lleve y no lo que no quiere. El problema es que para saberlo hay que leer el tubo entero, y casi nadie lo hace. El dato que descoloca no es el 1450 ppm. Es que ese número sea el mismo en el tubo de un euro y en el de ocho.