No sé qué hacer hoy: la vida sin remar
Hay un momento en la vida de todo asalariado español en el que el despertador deja de sonar y, en lugar de alivio, aparece un vacío incómodo. Ocurre un martes cualquiera, con los niños en casa de los abuelos, la casa en silencio y las alubias ya puestas en el pucheru. La lluvia fina golpea la ventana, la humedad al 85% y 18 grados en el termómetro. Y entonces surge la pregunta que da título a este asunto: ¿y ahora qué?
La escena, que cualquiera reconocería en la España vaciada de los días grises, es el punto de partida de una conversación que va mucho más allá del ocio. Es la radiografía de una generación que ha crecido con el reloj como única brújula y que, cuando se le quita el remo de las manos, descubre que no sabe navegar a vela.
El clima como campo de batalla nacional
La primera grieta aparece con el tiempo.
18 grados y 85% de humedad son, para unos, la antesala del infierno; para otros, el paraíso perdido. La costa cantábrica se reivindica como el mejor clima de la península, con el argumento de que permite una vida laboriosa sin empaparse en sudor. Enfrente, el Mediterráneo se defiende con la promesa de la tumbona, la piscina y el paseo matutino.
La discusión no es baladí.
El clima influye muchísimo, sostienen algunos, que señalan que los grandes patrimonios eligen el Mediterráneo mientras el norte se queda con los arraigados. La respuesta no se hace esperar: los 30 grados con humedad se regalan. Y así, entre lloviznas y calimas, se dibuja un país partido por la isoterma.
El vacío del que deja de remar
El núcleo del asunto es otro. Cuando el trabajo desaparece, el tiempo se convierte en un problema.
La casa grande siempre tiene ñapas, apunta alguien, como si el bricolaje fuera el nuevo subsidio emocional. Otros proponen la bicicleta, la música, la sinfonía número 8 de Shostakovich o la séptima de Beethoven grabada en el decodificador. Cualquier cosa antes que enfrentarse al silencio.
Hay quien lo compara con dejar de remar:
luego te levantas un día temprano y ves a todos los remeros con las prisas para ir a remar y se te pasa. La metáfora es precisa. La vida sin remo no es un paraíso, es una transición. Y como toda transición, tiene su duelo.
El ocio como marcador de clase
La conversación deriva pronto hacia el juicio social.
Tomar el sol es de pringados, sentencia alguien, mientras otro recuerda que los ricos tienen casas en el Mediterráneo y en Cantabria solo los que tienen raíces. El ocio, que debería ser un derecho, se convierte en un termómetro de posición.
La propuesta más repetida es la huerta y las gallinas.
En la huerta siempre hay algo que hacer, dicen. Es la vuelta al origen, la autosuficiencia como antídoto contra el aburrimiento. Pero también hay quien reivindica lo contrario:
la auténtica salud es ser amo de casa, pasar la aspiradora, hacer la comida a ritmo tranquilo y ver la vida pasar.
El turismo que invade el norte
No falta la tensión territorial.
Llevamos dos años de veranos en plan invasión, se queja alguien desde Asturias, que denuncia que los visitantes abarrotan restaurantes y quejan de que las raciones son exageradas. La respuesta no se hace esperar:
a los que vamos fuera de temporada nos perdonáis la vida, ironizan.
El conflicto es el de siempre: el turismo que sostiene la economía y a la vez expulsa al residente. Los precios suben, las terrazas se llenan y el que vive allí todo el año ve cómo su barrio se convierte en un parque temático. La queja no es contra el visitante, es contra el modelo.
La pregunta que nadie responde
Al final, el asunto se reduce a una cuestión de sentido.
Hay literalmente infinitas cosas interesantes para hacer, dice alguien que necesita varias vidas para hacerlas. Otros, en cambio, no encuentran ninguna. La diferencia no es de recursos, es de disposición.
La vida sin remar no es un problema de agenda. Es un problema de identidad. Cuando el trabajo define quién eres, dejar de trabajar no te libera: te borra. Y ahí, ni la sinfonía de Shostakovich ni la tumbona del balcón pueden hacer nada.
¿Y si el problema no fuera tener tiempo, sino no saber quién eres cuando no produces?