Crononautas: mitos, memes y alguna que otra anomalía
La idea de que viajeros del tiempo caminan entre nosotros resurge cíclicamente. Los casos más citados incluyen a un astronauta ruso que, tras una estancia en órbita, envejeció 0,02 segundos menos que el planeta; un inversor que convirtió 800 dólares en una fortuna bursátil gracias a información futura; y la figura recurrente de John Titor, el supuesto militar del año 2036 que advertía de una guerra nuclear. Hasta Donald Trump ha sido señalado como posible crononauta.
El hilo deriva rápidamente hacia lo absurdo: la mutación de los crononautas en «cronodelfines», una raza superior que heredaría la Tierra, según un enlace compartido. El resto de comentarios oscilan entre la ironía – cruzar la frontera de Badajoz a Elvas «rejuvenece una hora» – y la broma directa sobre lo poco inteligente que sería viajar en el tiempo para acabar en España durante las legislaturas de Antonio.
En el fondo, no hay ni una sola evidencia contrastable. El astronauta ruso se explica por la dilatación temporal relativista, un efecto mínimo y perfectamente previsto. El inversor de bolsa pertenece a la leyenda urbana. Y John Titor fue desenmascarado como un hoax noventero. Los crononautas, salvo que uno acepte la existencia de delfines temporales, siguen siendo eso: un mito moderno, muy entretenido, pero sin un segundo de pruebas.
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