Franco, Churchill y Stalin ante un confinamiento global: qué se les atribuye
Reacuartelar a toda la juventud tres años, poner a los científicos a turnos y mandar a la población a hacer conservas. Ese es el plan que se atribuye a
Franco de haberle tocado gestionar una pandemia mundial. La hipótesis —cómo habrían reaccionado los grandes líderes de la Segunda Guerra Mundial ante un confinamiento global— lleva tiempo alimentando comparaciones que mezclan historia, política sanitaria y algo de
teoría conspirativa. La paradoja es de manual: los regímenes más duros del siglo XX imaginados como gestores de una crisis de salud pública, y las democracias que ganaron la guerra, señaladas por algunos como autores del mayor experimento de
control social de la historia.
Qué habría hecho Franco ante una pandemia
La receta atribuida al dictador español es la más concreta de todas. Ante un brote grave,
volver a acuartelar a los jóvenes en edad militar durante tres años, movilizar al ejército en obras e infraestructuras y poner a los científicos a trabajar por turnos para encontrar una salida. El razonamiento se apoya en un dato real: España ya había vivido casi una década de aislamiento internacional tras la guerra, así que un nuevo encierro no habría pillado al régimen por sorpresa.
Hay quien añade que el mensaje habría llegado por televisión: comida, obra pública y disciplina. La autarquía, que en los años cuarenta fue una condena, se reinterpretaría aquí como ventaja estratégica.
Mascarillas de fabricación nacional, racionamiento y un discurso de unidad. Poco glamur, mucha logística. Y una sospecha que recorre el planteamiento: el aparato ya existía, solo había que encenderlo.
Las respuestas que se atribuyen a Hitler, Stalin y Churchill
El ejercicio se extiende a los tres grandes. A
Hitler se le atribuye un guion de chivo expiatorio: en lugar de medidas sanitarias, la búsqueda de un culpable colectivo al que responsabilizar de la enfermedad. Es la respuesta más recurrida en estas comparaciones y la más previsible. Conviene subrayar que se trata de una hipótesis histórica, no de un hecho documentado.
A
Stalin se le asigna el extremo opuesto en apariencia: cierre de fronteras, depuración dentro de la propia burocracia y un aparato de propaganda capaz de vender cualquier cosa. Y a
Churchill, la retórica de la resistencia. La ironía que recorre buena parte de la discusión es que, en la práctica, muchos ven a los vencedores de 1945 como los verdaderos arquitectos de un sistema de control global que llegaría décadas después.
Hubo incluso quien reclamó incorporar al listado a
Mussolini,
Hirohito y
Chiang Kai-shek, para cerrar el cuadro completo de los grandes protagonistas del conflicto.
La gripe de 1918 y la de Hong Kong como precedentes
El argumento más sólido de la comparación es que ya hubo pandemias y el mundo no se detuvo igual. La
gripe de 1918 pudo matar a
25 millones de personas en sus primeras 25 semanas, según las estimaciones más citadas, con cifras que en cómputos antiguos llegaban a entre
40 y 50 millones de fallecidos. Los brotes iniciales se localizaron en un
cuartel de Kansas, tras una campaña de vacunación entre soldados.
Medio siglo después, la
gripe de Hong Kong de los años sesenta recorrió el planeta sin confinamientos masivos ni cierres de actividad. Ese contraste es, para muchos, el corazón del asunto: si antes la humanidad convivió con virus letales sin paralizar su economía, ¿por qué ahora sí? La respuesta oficial apeló a un mundo más conectado y a un sistema sanitario distinto. La respuesta escéptica apela a otra cosa.
El control de los medios y la sospecha del plan global
Aquí la conversación se desplaza de la historia a la actualidad. Una corriente sostiene que la pandemia solo fue posible como relato gracias al control de los grandes medios y de la industria farmacéutica, y la enmarca dentro de un supuesto
Nuevo Orden Mundial con una hoja de ruta que se prolongaría hasta
2030 y 2050. Estas tesis no cuentan con pruebas que las respalden y funcionan como marco interpretativo, no como hecho.
La pregunta que sobrevuela es si los líderes de entonces habrían denunciado el montaje o se habrían sumado a él. Para unos, Alemania, Italia o España lo habrían desmontado en dos días. Para otros, el aparato de propaganda de Stalin o la maquinaria de Churchill lo habrían perfeccionado hasta la náusea.
Ochenta años separan aquel mundo del actual, y la distancia se nota sobre todo en una cosa: la velocidad con que una idea se convierte en certeza colectiva. Qué habría hecho cada uno de ellos es un juego. Por qué el juego nos sigue interesando tanto, esa sí es una pregunta abierta.