La vida: ¿un suceso breve o una condena que no termina?
En un momento en el que la esperanza de vida se alarga y el ocio se multiplica, una parte del análisis existencial sostiene que la vida se ha convertido en una condena lenta y aburrida. La pregunta no es nueva, pero cobra fuerza cuando se cruza con la percepción de que el tiempo no pasa: quedarse sentado viendo pasar las horas sin saber qué hacer con ellas. Hay, sin embargo, quien considera que la vida es un suceso breve, un destello que se escapa entre los dedos.
El reloj y la cabeza: dos maneras de medir la vida
La discrepancia es tan antigua como la filosofía, pero se actualiza en cada generación. Por un lado, está quien calcula los años que quedan y los describe como una condena: cuarenta años por delante, sin un horizonte claro que los haga apetecibles. La abundancia de placeres, se argumenta, solo acelera el paso de las horas, pero no llena el vacío. Por otro, quienes creen que la vida es un acto que se escapa, y que quien no lo aprovecha es un necio. Ambas lecturas coinciden en una cosa: el aburrimiento es un lujo y una maldición a la vez.
La huida hacia delante: esperanza, nirvana y tarot
La conversación deriva hacia las escapatorias. Si la vida es una condena, la esperanza aparece como un salvavidas, aunque sea ilusoria. Si es breve, la urgencia empuja a disfrutar sin demora. Y en medio, propuestas más radicales: la reencarnación como ciclo eterno, el nirvana como meta, el tarot como refugio. Incluso hay quien prefiere quedarse en casa antes que salir a un mundo que aburre.
El análisis se atasca en la cuestión de fondo: nadie pone de acuerdo sobre si el tiempo es un enemigo que se alarga o un amigo que se despide. La única certeza es que la percepción del tiempo sigue siendo, como siempre, una inversión personal.