Por qué el autobús en agosto es un campo de batalla de clase
Un matrimonio con dos sueldos vuelve a casa en metro. La temperatura roza los 35 grados en superficie y dentro del vagón el aire es irrespirable. No es solo el calor. Es el olor a sudor mezclado con perfume barato, a ropa sintética que no transpira, a cuerpos que llevan horas en la calle sin ducha. Alguien suelta un comentario en voz alta: «Qué mal huelen los pobres, joder». La frase, lapidaria, condensa una tensión que cada verano vuelve a dispararse en el transporte público español.
El debate recurrente sobre las condiciones del transporte en verano tiene un componente de clase que pocos quieren verbalizar. Quienes pueden permitirse el aire acondicionado del coche privado o el teletrabajo evitan el metro. Quienes no tienen elección —limpiadoras, reponedores, trabajadores de la construcción— se hacinan en vagones donde la temperatura supera los 30 grados y la ventilación es insuficiente. La percepción del «mal olor» no es neutra: asocia la pobreza con la suciedad y olvida que lavarse tres veces al día es un lujo cuando trabajas 10 horas en una cocina industrial o en la calle.
La higiene como lujo: datos que no cuadran
La Encuesta de Condiciones de Vida del INE (2023) muestra que el 27% de los hogares españoles tiene dificultades para mantener la vivienda a una temperatura adecuada en verano. En los barrios de renta baja, el porcentaje se duplica. Sin aire acondicionado en casa, el cuerpo acumula sudor y grasa más rápido. La ropa barata de poliéster —la más accesible— no transpira y concentra los olores. No es falta de voluntad: es falta de recursos. El argumento «el que huele mal es porque quiere» choca con la realidad de quienes no pueden permitirse ni la lavadora diaria ni el desodorante de marca.
La reacción más común ante el malestar del transporte público es la desconexión: mirar el móvil, leer un libro, bajar una parada antes para caminar y estresarse menos. Una estrategia de supervivencia sensorial que evita el contacto visual con el mal ajeno. Pero la incomodidad no se resuelve ignorándola: cada verano, el metro se convierte en un espacio donde la brecha de clase se huele, se toca y se sufre. Hasta que llegue el otoño.
Debates relacionados en el foro