Rubén Gisbert: entre Trevijano y el oportunismo
Sus ideas generan un consenso paradójico: pocas figuras públicas resultan tan difíciles de definir como él. Las lecturas de su trayectoria se dividen entre quienes lo ven como un heredero intelectual del republicanismo de Antonio García-Trevijano y quienes lo reducen a un oportunista sin más proyecto que su propia promoción.
El primer campo destaca su insistencia en la separación de poderes, la representación del elector y la independencia de la justicia. En sus intervenciones, términos como izquierda o derecha se descartan como entelequias. Lo suyo sería una democracia concreta, verificable, no una ideología. Una lectura que lo convierte en el abanderado de una regeneración institucional radical.
Pero la otra corriente no se traga esa versión. Subraya su afán de protagonismo, su disposición a acercarse a cualquier centro de poder que lo corteje, y detectan en su discurso una mezcla de trevijanismo y de admiración por regímenes autoritarios. La abstención, señalan algunos, sería su única posición coherente, aunque por razones opuestas a las suyas.
Entre medias quedan acusaciones más gruesas: desde la de ejercer de disidencia controlada hasta la de vivir a sueldo del CNI. Insostenibles sin pruebas, pero reveladoras del clima de sospecha que envuelve su figura.
¿Qué defiende entonces Rubén Gisbert? Depende de a quién se pregunte. Y esa indefinición, quizá, sea su única propuesta política real.