De los concursos de miss bikini al reinado de OnlyFans: ¿qué ha cambiado?
Un vídeo de un concurso de miss bikini en la América profunda de los años 90 ha reavivado el debate sobre la evolución del espectáculo erótico. En las imágenes, una joven desfila ante un jurado que toma notas en mesas de ping-pong; el público aplaude y silba. La cinta, granulosa, muestra colores fluorescentes, peinados voluminosos y cero tatuajes. Treinta años después, la misma exposición corporal se ha trasladado a TikTok, Instagram y OnlyFans, pero el relato social ha dado un giro de 180 grados.
El contraste con la era digital
Lo que en los 90 habría sido el sambenito de «la guarra del pueblo» se ha convertido en un negocio global. Mientras la modelo del vídeo probablemente volvía a su granja a reparar vallas, las actuales creadoras de contenido monetizan su imagen desde el salón de casa. Un conocido anécdota del hilo: un familiar que emigró a EE.UU. en los 80 montó salas de striptease en varios estados; sus hijos acabaron siendo multimillonarios. El erotismo, antes un fenómeno local y casi artesanal, se ha industrializado.
La ausencia de tatuajes y piercings es otra diferencia notable. En el vídeo, la concursante lleva un bikini chillón y nada más; los comentarios destacan que «no hay ni un garabato de retrete». Hoy, la estética de las plataformas digitales se asocia con una profusión de tatuajes y una infantilización de la imagen, según los críticos. La nostalgia por una época en que «bastaba con ser una mujer de verdad» se mezcla con la ironía de que aquellos concursos eran también heteropatriarcales, según se recordó.
¿Nostalgia o hipocresía?
Hay quien sostiene que la moza del vídeo, con su aire rudo y su promesa de volver a la granja, representa una autenticidad perdida. «Esa se iba a arreglar las cercas después», ironizan. Otros señalan la hipocresía de idealizar un pasado donde las mismas prácticas acarreaban un estigma social del que hoy carecen. La industria del entretenimiento para adultos en EE.UU. mueve miles de millones, pero el debate revela una tensión de fondo: la mercantilización del cuerpo se acepta siempre que se vista de modernidad.
El vídeo, en definitiva, no es solo un trozo de celuloide antiguo. Es un espejo en el que se reflejan las contradicciones de una sociedad que ha pasado de silbar en una feria a deslizar el dedo en una pantalla. Y mientras los viejos jueces tomaban notas con boli, ahora los algoritmos deciden quién gana. Ironías del progreso.