Funkos y sellos de los 80: la misma burbuja con resina
Adultos de entre 20 y 65 años que dedican entre 8 y 11 horas diarias al trabajo y reservan el sábado para gastarse 60 euros en una figura de resina de 15 centímetros ya no son una anécdota. Son la versión contemporánea de una historia que este país ya vivió con los sellos de correos: la colección que prometía una fortuna y acabó sirviendo para acompañar la declaración de la renta.
El argumento de la inversión no aguanta un análisis serio. Se compra bajo el paraguas de «edición limitada» y se alimenta la fantasía de que la pieza se revaloriza. La realidad es más tosca: las vitrinas se llenan, el polvo se acumula y las tiendas generalistas, de FNAC a El Corte Inglés, están saturadas de cabezones de plástico. Si la edición fuera tan limitada, no costaría tanto encontrarla.
El motor real de la compra es otro. Detrás de la figurita hay una dosis de dopamina, una necesidad de pertenencia y una manera de comprar identidad al por menor. Por el camino se cuela la contradicción: el mismo que predica la cultura del esfuerzo es capaz de privarse de lo esencial para alimentar la colección. Hay quien lo lee como el consuelo del rebaño; otros, como la prueba de que el capitalismo destroza mentes, cuerpos y almas.
El problema no es el muñeco en sí. Es la distancia entre lo que se dice comprar —un activo— y lo que realmente se adquiere: polvo con forma de personaje. A tres nóminas de dormir en la calle, la especulación es un lujo que no se puede pagar.