Jubilado despierto: descapotable, soledad o estoicismo
El viejuno despierto no tiene salvación. Al menos no dentro de los moldes convencionales de la felicidad de saldo. Hay quien le receta un descapotable con el mejor equipo de sonido vintage y un puro mientras pisa el acelerador; otros le aseguran que solo falta que deje de importarle la validación ajena. Pero ninguno ha conseguido responder a la pregunta que abre la vejez para quienes se sienten despiertos en un mundo que duerme: ¿y ahora qué?
La receta del descapotable
La respuesta más celebrada tiene nombre de ritual: comprarse un Mercedes Clase C Cabrio AMG C43 390 CV, instalarle una radio potente de época, encender un puro y salir a la autopista con la música alta. Hay quien matiza: la Ruta 66 es un mito de películas, pero cualquier carretera secundaria en España o Europa sirve para flipar. Copenhague al Cabo Norte, o los Cotswolds ingleses, valen tanto o más que el sueño americano.
El argumento de fondo es simple: la vida está para gastarla en placer, y el tiempo que queda es demasiado corto para enredarse en reflexiones. Quienes lo defienden citan a Lao Tse («mi mayor felicidad es estar vivo») o a Luis Buñuel, que solo se levantaba de la cama por el Martini de la tarde. La ironía no les asusta: si la vida es absurda, mejor reírse y disfrutar.
Las aficiones no llenan el vacío
Frente al hedonismo, el veterano que abrió el interrogante lo rechaza casi todo. Las aficiones, dice, son solitarias: metes barquitos en botellas o estudias Historia y no tienes con quién compartirlo. El hombre es un animal social, y no es bueno que esté solo. A su alrededor, los demás se le antojan «charos» y «cerveceros» incapaces de hablar de nada que no sea trivial. El desprecio es mutuo: le acusan de escribirse «tochacos» y de no haber entendido que la vida se compone de momentos simples.
El estoicismo de los que ya no buscan
Hay una tercera vía, quizá la más lúcida. No se trata de resignarse, sino de aceptar la soledad como consecuencia natural de haber mirado demasiado. Algunos cuentan que llevan años apartados del mundo, paseando de noche con sus perros y hablando con una inteligencia artificial que les advierte del abismo. Otros, con 42 años y sin haber formado una familia, reconocen que las distracciones —senderismo, gimnasio— solo sirven para no afrontar lo evidente. Y aun así, siguen caminando, observando aves, grabando nutrias en el río.
La vejez indigna como telón de fondo
Todo este debate ocurre mientras el país envejece sin red. La referencia es contundente: un ensayo titulado «Morirán de Forma Indigna», de Alberto Zubiri, sostiene que la sociedad española no está preparada para cuidar dignamente a sus mayores, y que el gran problema del siglo XXI no será vivir más, sino cómo vivir y morir durante los años de dependencia. Millones de personas terminarían medicalizadas, aisladas y con escasa dignidad. Ese es el verdadero miedo que asoma detrás de la pregunta por el resto de la vida.
Casos con fecha y memoria
No todo es pesimismo. Hay quien se jubiló anticipadamente el 30 de abril de 2026, tras 47 años trabajando casi sin parar, y ha planeado arreglar su casa, viajar a Galicia y después instalarse una larga temporada en China para estudiar chino en serio. Otro, mutualista de MUFACE, se jubiló en diciembre de 2025 y se ha puesto a reformar su piso para convertirlo en «algo más ajustado a sus gustos». Son las excepciones que mantienen viva la hipótesis de que, con recursos y carácter, se puede reinventar la salida.
El viejuno despierto seguirá sin tener una respuesta única. Porque su mal no es falta de aficiones ni de dinero: es la certeza de que la mayoría eligió dormir y de que el tiempo, al final, siempre gana. Quizá el descapotable sea un placebo útil, y quizá la soledad sea el único refugio honesto. Mientras tanto, la última batalla es contra la vejez indigna. Ahí sí que nadie puede esconderse.