El eclipse que convierte a todos en astrónomos de salón
Estos días, cada pocos años, el cielo ofrece un espectáculo que desata la locura colectiva: el eclipse total de sol. Los que jamás levantan la vista del móvil se convierten de repente en expertos en astronomía, dispuestos a recorrer 200 kilómetros y a pagar más de 200 euros por una noche de hotel con tal de ver cómo la luna tapa el sol durante poco más de un minuto. La paradoja tiene miga: la misma gente que no sabe distinguir Orión de la Osa Mayor se pelea por unas gafas certificadas y aplaude cuando oscurece.
La paradoja del que no mira al cielo
El fenómeno no es nuevo, pero las redes sociales lo han amplificado hasta el absurdo. Los críticos señalan que gran parte del furor responde a la obligación de publicar la foto de rigor con las gafas puestas y el texto «aquí, viendo el eclipse». El influencer de turno marca el camino; los rebaños le siguen. Hay quien sostiene que el interés por el cosmos es legítimo, hasta que descubre que ese mismo público no ha mirado al cielo una noche de verano en su casa de campo. La conclusión es incómoda: el eclipse no se ve, se consume.
Fenómeno astronómico o producto de consumo
La ciencia, mientras tanto, se queda en un segundo plano. Los observatorios se llenan de curiosos que aplauden cuando la luna oculta al sol y, a los dos minutos, vuelven a lo de siempre: el móvil. El cálculo económico tampoco sale: 200 euros por 90 segundos de penumbra. Y, aun así, las reservas hoteleras se disparan. Nadie ha explicado aún por qué hay que desplazarse 200 kilómetros para ver en persona lo que la retransmisión en streaming muestra en alta definición. Quizá sea eso, precisamente, lo que se supone que tiene de interesante: no el eclipse, sino la excusa para sentirse parte de algo.