La comida de los hoteles: reciclaje sistemático o ahorro mal entendido
España presume de cocineros con estrellas Michelin, pero basta sentarse en el buffet de un hotel de media pensión para preguntarse qué demonios ha pasado con el sabor. La queja es recurrente: todo sabe igual, o no sabe a nada. Y no es solo la falta de sal.
Detrás del plato insípido hay un mecanismo llamado "reciclado de comidas". No se trata de aprovechar restos del plato ajeno, sino de reutilizar elaboraciones: lo que sobra de un guiso de carne acaba al día siguiente integrado en un arroz. La práctica es común en hoteles con régimen de todo incluido, donde la rotación de comensales semanal hace que al tercer día el menú se vuelva predecible. El argumento económico es sólido –no desperdiciar comida–, pero el resultado organoléptico es discutible.
La tentación de atribuir la culpa al perfil del cliente es fácil. Quien contrata un todo incluido busca comodidad, no una experiencia gastronómica. Pero la realidad es que, por lo que se paga –una semana entera de pensión completa por el precio de una cena en un restaurante con estrella–, es difícil esperar una cocina de autor. La alternativa propuesta por viajeros experimentados es contratar solo desayunos y salir a comer fuera. Al final, pagas igual –o más–, pero comes mejor.
La pregunta que queda en el aire: ¿es que no hay cocineros decentes en los hoteles o es que la gestión de costes obliga a este aplanamiento del sabor? El turista que busca calidad ya sabe que el hotel es solo para dormir. Y para comer, que se busque la vida.
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