¿Cómo lidiar con un jefe que se cree perfecto?
La queja es recurrente: un supervisor que aparece cada tres meses, se atribuye los logros ajenos y desconecta de la realidad. La literatura de gestión empresarial tiene un nombre para esto: jefe irritante. No es malintencionado sino incompetente, y el mayor error es darle combustible emocional.
Jefe irritante vs. jefe perjudicial
La distinción es práctica. El irritante te roba paciencia; el perjudicial altera objetivos, incumple el convenio o pone en riesgo tu evaluación. Ante el segundo, la estrategia es documentar cada instrucción por escrito y escalar por la vía formal. Quien ha ganado una demanda contra su exjefa sabe que el postureo se combate con papel.
La gestión ascendente como antídoto
Con un supervisor que se atribuye los méritos, la clave no es desenmascararlo sino gestionar hacia arriba. Objetivos medibles, correos de confirmación y un registro del antes y el después convierten su juego en un riesgo para él. El cálculo es frío: si los números mejoran y se lo apunta, no compensa pelear el relato; si empeoran y te los carga, tienes las pruebas.
El problema no es nuevo: hay quien opta por el trato directo («llamo a mi superior por su nombre y me pongo a remar») y quien ha tenido jefes campechanos toda la vida. Pero cuando la figura de autoridad se convierte en un obstáculo, la receta es siempre la misma: papel, plazos y nada de emociones. Que el jefe se crea perfecto no significa que tú tengas que sufrirlo.