Degeneración sexual: una clasificación que incomoda
No existe ninguna posibilidad de acuerdo a la hora de señalar al mayor degenerado sexual. Lo demuestra el cruce de referencias que va de los criminales más infames a los políticos corruptos y a los millonarios de Dubái, un trayecto donde se mezclan delitos, dinero y prejuicios de origen y edad.
Del crimen real a la sospecha permanente
El lugar más visitado es la crónica negra. La mención al criminal estadounidense David Parker Ray y al caso de un marido francés que drogaba a su esposa para que otros hombres la usaran sitúa el listón en conductas que ninguna discusión ética debería suavizar. A su lado, la corrupción política aparece como degeneración de otro orden: nombres como los de ciertos ex cargos del PSOE investigados judicialmente circulan como arquetipo, aunque la crítica se fija más en su aspecto físico que en las causas.
Dubái, el dinero y la nacionalidad como filtro
Otra corriente sostiene que el verdadero degenerado es el que puede pagar. Las menciones recogen denuncias sobre jóvenes extranjeras que reciben 10.000 dólares por una noche más un bolso de Louis Vuitton, una supuesta transacción a la que se añade un criterio de selección según edad y origen étnico. Estas afirmaciones, difíciles de verificar, revelan algo incómodo: la crítica puede transformarse en clasismo y racismo tolerados.
Titular sin ganador claro
La única conclusión es que el ránking cambia según quién habla y a quién señala. La degeneración no entiende de clases, pero la obsesión por clasificarla se contamina de las mismas jerarquías que dice condenar. De seguir así, el título saltará de mano en mano: lo que hoy se atribuye al político corrupto y al magnate, mañana recae en el criminal. La pregunta, sin respuesta, seguirá abierta.