La sorpresa física en Tinder: cuando el cuerpo acapara la conversación
¿Qué pasa cuando la cita no tiene nada que ver con las fotos del perfil? La respuesta inmediata en una conversación digital reciente fue un coro de aprobaciones, la mayoría expresadas con una crudeza que convierte el deseo en chiste grueso. El caso concreto es casi una anécdota: se espera a una persona, aparece otra con un atributo físico difícil de pasar por alto, y el veredicto es rotundo.
Lo llamativo no es el resultado —casi todos aceptarían el cambio—, sino la naturalidad con la que se cosifica a la otra parte. Hay quien pone condiciones (que el exceso no supere ciertos límites), pero nadie plantea la pregunta obvia: ¿qué hace esa persona allí, en mitad del escrutinio, mientras media docena de desconocidos la califican en clave de ocurrente? La respuesta corta es que importa poco. Las aplicaciones de citas han convertido el primer encuentro en un campo de tiro donde el cuerpo del otro es un blanco perfecto.
Si alguien esperaba una reflexión sobre la honradez de los perfiles, se ha equivocado de sarao. Aquí el engaño se celebra cuando implica una mejora física. La ironía es que la exigencia de transparencia brilla por su ausencia a menos que la desviación juegue en contra. Brújula moral, cero; instinto, al poder.