Ucranianos sí, sirios no: el trato que enfurece a los activistas
¿Por qué la acogida de quienes huyen de Ucrania parece más rápida, más cálida y menos burocrática que la de quienes llegan de Siria o Afganistán? La pregunta llevaba tiempo circulando en voz baja. Estalló cuando empezaron a difundirse vídeos y mensajes que mostraban
corredores abiertos para unos y controles infranqueables para otros. No hablaban de artillería. Hablaban de filtros.
Los activistas que recopilan esos testimonios sostienen que la respuesta institucional no ha sido la misma según el conflicto y según el color de piel de quien huye. Y sobrevuela un dato incómodo:
la geografía explica buena parte del volumen, pero no todo el trato.
Qué se denuncia en la frontera ucraniana
El testimonio más citado es el de un vídeo en el que su autor afirma que la comunidad negra que residía en Ucrania no puede cruzar la frontera. Según esa denuncia,
solo se deja pasar a personas blancas y a las demás ni se les pregunta: se las devuelve. El relato menciona madres con recién nacidos y temperaturas cercanas a los 3 grados.
Junto a ese vídeo circula otro mensaje que apunta en la dirección contraria: la promesa de seguir acogiendo a quien huye,
«sea del color que sea» y rece a quien rece. La periodista Hind Hassan lo formula sin rodeos: los civiles ucranianos merecen apoyo, seguridad y refugio, y también los estudiantes negros y racializados que estaban en Ucrania, además de los miles que se juegan la vida para alcanzar un lugar seguro.
Nadie discute que haya refugiados. Se discute a quién se considera refugiado y a quién se le exige el pasaporte correcto.
Por qué Polonia responde distinto a los ucranianos
El argumento con más peso práctico es la vecindad. Polonia comparte frontera, historia y lazos culturales con Ucrania. No es solo Rusia la que tiene esa proximidad. Y hay un dato que suele olvidarse:
antes de que empezara el conflicto ya vivían más de un millón de ucranianos en Polonia. Dar techo a quien ya estaba allí, aunque fuera huyendo, no exigía inventar ninguna infraestructura nueva.
El símil que se usa para explicarlo es doméstico: si ocurriera algo parecido en Portugal, la reacción española sería mucho más intensa que ante una crisis a miles de kilómetros. La distancia importa. El parentesco también.
De ahí salta el otro bloque del argumento: se sostiene que los países de mayoría musulmana de la región no abrieron sus puertas a quienes huían de Siria y que buena parte de ese flujo terminó derivándose hacia Europa. Es una afirmación repetida en la discusión, no un dato cerrado, y conviene tratarla como lo que es: una pieza del pulso sobre quién debería asumir cada acogida.
¿Es racismo sentir más empatía por quien se parece a ti?
Aquí se rompe la conversación. Una parte defiende que la mayor identificación con quien comparte fenotipo, idioma o costumbres es un hecho psicológico, no una ideología, y que reconocerlo permite diseñar políticas de integración realistas en lugar de guetos. La cultura, vienen a decir, se transmite de padres a hijos en un territorio, y el choque al llegar a otro distinto empuja a buscar a los propios.
Otra parte responde que esa
empatía selectiva es justamente la base del racismo: no hace falta insultar a nadie para tratar de forma desigual a quien no se parece a ti. Hay quien matiza que la falta de empatía no encaja en las definiciones académicas de racismo, aunque reconoce que toda discriminación arrastra un componente afectivo.
Y aparece un tercer filón: la composición de los flujos. Se afirma que el desplazamiento ucraniano está formado sobre todo por mujeres, menores y personas mayores, mientras que en otros se detectan más varones jóvenes. También se mencionan altercados en alojamientos de refugiados de crisis anteriores frente a la ausencia de incidentes graves en los actuales, según las informaciones que se enlazan al respecto.
La tesis de fondo: el asilo nunca fue solo humanitario
El mensaje que mejor resume la indignación activista no habla de racismo explícito, habla de voluntad política. Sostiene que este mecanismo no se activó en conflictos anteriores simplemente porque no se quiso; que el famoso
efecto llamada nunca existió; que el asilo nunca se empleó como herramienta puramente humanitaria; y que, al final, las fronteras más altas son raciales.
Es una tesis dura y no está demostrada. Pero explica por qué el contraste resulta tan difícil de digerir: si el instrumento existía y solo faltaba activarlo, la excusa técnica se cae sola.
La coartada es la cercanía geográfica. El detalle incómodo es que esa frontera ya estaba ahí antes, y entonces nadie la abrió.