800 euros para hard rock: válvulas, monitores o el PC que ya tienes
Un salón de 20 metros cuadrados, un PC con interfaz de sonido Presonus AudioBox iOne, unos Logitech Z623 2.1 y 800 euros sobre la mesa. Con ese punto de partida arranca una de las consultas clásicas del consumo doméstico: ¿por dónde se entra al audio de verdad sin que te desplumen? La respuesta que recibe el consultante —cuarenta años, casa independiente, hard rock y heavy de los 70 y 80 como dieta principal— no es un producto, es una guerra cultural.
La primera respuesta no habla de altavoces. Pregunta la edad. Y aclara el motivo: no es por la pérdida auditiva, es para saber si busca
buen sonido o fardar. A partir de ahí, el asunto se parte en dos trincheras que no se reconcilian.
Válvulas de madera contra el PC que ya suena
Una corriente recomienda huir de lo digital y buscar amplificación a válvulas con altavoces de madera de verdad, aunque el equipamiento bueno se vaya a los 7.000 u 8.000 euros y el presupuesto declarado sea de 800. La vía realista que se propone es la segunda mano: unas buenas vías de estantería por ese dinero. El argumento no es técnico, es sensorial: el olor a vinilo, el chasquido de la aguja, la carátula desplegable. Beber el mejor champán en una taza escondido en el baño, resume uno de los mensajes.
Enfrente, la tesis de que el equipo actual ya es muy decente y que la diferencia entre reproducir un FLAC en un PC con tarjeta decente o en un ampli es, en gran medida, psicológica. En pruebas ciegas, sostiene esta parte,
a todos se la cuelan. Un amplificador Kenwood de los años 80 comprado por 50 euros y unos Infinity Beta 20 de 150 euros bastan, según esta corriente, para oír de sobra. El desembolso alto se atribuye a una industria que vive de vender humo, con cables esotéricos incluidos.
¿Klipsch, monitores de estudio o cajas de estantería?
La recomendación concreta más repetida para ese salón son los
Klipsch The Sixes, autoamplificados, con conexión USB directa al PC a 192 kHz y 24 bits, lo que convierte a la caja en tarjeta de sonido y elimina cableado intermedio. Se apuntan peanas para que el tweeter quede a la altura de los oídos en la posición de escucha, y se descarta el subwoofer de entrada: jugando con la distancia a la pared hay graves de sobra para el doble bombo.
Los monitores de estudio generan división. Yamaha HS8, sobre 600 euros, M-Audio, Behringer o los Event 2020 se citan como opciones que suenan muy bien por precio contenido, aunque se advierte de que están pensados para escucha en rango cercano. Genelec queda por encima de Yamaha, pero a casi el triple de precio. La alternativa de estantería con ampli estéreo clásico —un Yamaha CA-610 de 1977 con Wharfedale 9.1, o un Technics SA-500 de 1978 con Dali Spektor 2— se monta por unos 400 euros tirando de segunda mano.
La sala manda más que el altavoz
El argumento que más consenso genera es incómodo para el comprador:
la acústica de la sala pesa más que la caja. Meter altavoces de 10.000 euros en una habitación de ladrillo hueco es una herejía. Un sistema de medición con micrófono detecta una tara de 6 dB en 80 Hz que ningún cambio de altavoz arregla. Trampas acústicas, ecualización y colocación hacen más que subir de gama.
Sobre la fuente, el diagnóstico es tibio: la salida de un PC suele ser suficiente salvo que haya siseo o ruido. Un DAC externo caro se nota, según esta lectura, unos segundos, y luego el oído se acostumbra. Para presupuestos mínimos aparecen los Woxter DL-410 y los Edifier R1280DB o R1700BT, con la advertencia de que los primeros suenan algo mejor y que los segundos retumban en graves a volumen alto.
Con 800 euros se puede montar un sistema excelente, un equipo de segunda mano con carácter o no cambiar nada y gastarse el dinero en el Wacken. La pregunta que queda sin responder es la misma que abre la conversación: si en una prueba ciega nadie distingue la caja de 100 euros de la de 3.000, ¿qué se está comprando exactamente?