Cine español gamberro para sobrevivir a un fracasábado
Hay un subgénero del cine español que no sale en las listas de los Goya, pero que funciona mejor que cualquier ansiolítico: la comedia gamberra de los noventa y dos mil. Cuando el sábado se convierte en un fracaso existencial, la solución no es el drama, sino una película que se ríe de todo, incluida ella misma.
La lista de recomendaciones para un «fracasábado» incluye títulos como Airbag (1997), la road movie de Juanma Bajo Ulloa que convirtió la violencia en un gag; La Comunidad (2000), donde Álex de la Iglesia retrata la codicia vecinal con humor negro; y rarezas como Luger, que según cuenta la leyenda se rodó en un negocio cedido por un cliente para el rodaje. Son películas que no piden permiso, que van a lo sucio y que saben que su única misión es entretener.
Parodias y homenajes: el otro cine español
Pero la lista no se queda en los clásicos. También hay espacio para la parodia descarada: Rabocop, Colega, ¿dónde está mi coche?, Supersalidos o Punk Story, títulos que juegan con el cine americano y lo destrozan con gracia. Y no faltan las invenciones políticas como «Sánchez. Ese hombre» o «Parque Boláñico», que demuestran que el humor español sigue siendo un campo de minas.
Entre las joyas más recientes destaca Una de zombis (2004), una comedia de terror que incluye a Santi Segura haciendo de sí mismo, «torrenteando» en un cameo que resume el espíritu de toda esta corriente: no hay nada sagrado, ni siquiera el propio Torrente.
¿Por qué funcionan estos títulos?
La respuesta es simple: no pretenden ser arte. Son películas que entienden que el espectador de un sábado gris no busca mensaje, busca evasión. Y lo consiguen con diálogos absurdos, personajes caricaturescos y una falta de respeto absoluta hacia el buen gusto. Eso, en tiempos de corrección política, es casi un acto de rebeldía.
La pregunta es si estas películas son arte o simplemente un pasatiempo para olvidar que no hay chortinas. Quizá la respuesta importa menos que la risa que provocan.