Recomendadme novelas: 50 tomos de Warhammer y Galdós
La ficción como refugio funciona. Al menos eso sostiene quien abre el asunto confesando que necesita sumergirse en un mundo inventado para no cabrearse con lo que sucede en el planeta. La petición es simple: novelas. La respuesta, en cambio, se convierte en un catálogo que va del
grimdark de Warhammer 40.000 a los
46 volúmenes de los Episodios Nacionales de Galdós, pasando por Miss Marple, Sherlock Holmes y un tratado sobre la conquista de América contada para escépticos. No hay una sola recomendación que se repita dos veces: cada cual arrima el ascua a su estantería. Y en medio del intercambio, una advertencia que resume el espíritu de la casa: si alguien quiere droga buena, aquí tiene heroína pura sin cortar.
Warhammer 40.000 como antidepresivo de posguerra
El hallazgo más comentado del intercambio no es una novela premiada ni un clásico de la RAE. Es una saga de ciencia ficción militar que, según quien la recomienda, supera los
50 tomos y arrancó en
2017 durante el embarazo de un primer hijo. La escena que describe —leer sobre seres desmembrados y descuartizados mientras esperaba en un hospital a que naciera el crío— tiene un punto de brutalidad que explica por qué el
grimdark engancha a quien ya no espera nada bueno del mundo real. A día de hoy, esa persona ha superado los
40 primeros volúmenes y sigue esperando que la biblioteca pública compre los últimos, los que cierran el asedio de Terra. La anécdota no es baladí: retrata a un lector que consume ficción como quien toma una medicación pautada, sin épica y sin culpa.
Galdós, Houellebecq y la vieja pregunta de si la evasión es de derechas
Frente al blockbuster de ciencia ficción, otro bloque de respuestas tira de canon. Los
46 volúmenes de los Episodios Nacionales de Galdós aparecen como el tochazo definitivo para quien quiera entender España sin salir de casa. También se cita a Houellebecq, con la advertencia de que sus protagonistas son funcionarios grises, ingenieros agrónomos y cargos medios con existencias vacías animadas por sexo ocasional, y de que su estilo plano y directo puede hundir aún más en la miseria al lector que ya venía tocado. La recomendación viene con reserva: si aun así se anima, ahí van los títulos. La duda sobre si la evasión literaria es una rendición o una forma de resistencia recorre varias intervenciones sin resolverse nunca del todo.
El detective clásico y el catálogo de crímenes resultones
Hay un tercer eje que agrupa las recomendaciones más funcionales: el policiaco de toda la vida. Sherlock Holmes, con
Estudio en escarlata como primera novela, encabeza la lista por su capacidad deductiva y su pareja con el doctor Watson. Le sigue Miss Marple, presentada con
El asesinato en la casa del párroco, y se cuela Philo Vance, de S.S. Van Dine, con
El caso del asesinato. La lógica es sencilla: si te gusta Poirot, probablemente disfrutes de la anciana astuta que resuelve crímenes a base de conocimiento de la naturaleza humana. Es la parte menos ambiciosa del catálogo y, probablemente, la que más se vende en aeropuertos.
Historia, Roma y la novela como artefacto de conocimiento
Otra corriente defiende que la ficción no solo entretiene: enseña. Aparecen
Yo, Claudio de Robert Graves,
La guerra del fuego,
Los miserables de Victor Hugo —descrito como tochazo que engancha—,
La conquista de América contada para escépticos y
La Primera Guerra Mundial contada para escépticos, ambos de Juan Eslava Galán,
Línea de fuego de Pérez-Reverte y
Maldita Roma de Santiago Posteguillo. Para los aficionados a la Roma antigua se recomienda la trilogía de Escipión y la de Trajano del mismo autor, con la advertencia de que la de Julia es más floja y menos centrada en lo militar. Y se añade la serie Águila de Simon Scarrow, con unos
20 libros publicados, lectura fácil y entretenida.
La muerte de Iván Ilich y otras lecturas para gente que ya no cree en nada
Entre las recomendaciones más repetidas está
La muerte de Iván Ilich de Tolstói, novela corta que se cita como aproximación a los sentimientos de quien sufre una enfermedad grave que va mermando sus capacidades y le produce un dolor físico y moral insoportable. No es material de evasión, precisamente. También se menciona
Las benévolas, de Jonathan Littell, con el aviso de que lo que se cuenta y cómo se cuenta no es fácil de encontrar. Y
American Tabloid de James Ellroy,
Crónicas marcianas de Ray Bradbury,
Cita con Rama y las novelas de Amor Towles. La lista se estira hasta
Communion, supuestamente basada en hechos reales y con prólogo de Javier Sierra, y hasta la autobiografía de Kokoschka que publicaba Tusquets a finales de los 80.
El que dice que todo esto es pasto de alacranes
No todo el mundo compra el catálogo. Una intervención sostiene que lo recomendado es pasto de alacranes que ni quienes lo recomiendan leen, y que los gafapastas son así. La alternativa que ofrece es Frederick Forsyth, con la advertencia de que no se está al nivel de entender los entresijos del siglo XX ni el actual, y un libro escrito por un asesino de españoles que se metió un tiro en la cara con una escopeta de dos cañones porque no soportaba sus propios fantasmas. El tono despectivo no impide que la recomendación sea, en el fondo, otra novela. La discusión se cierra, de momento, con una defensa de la literatura anterior al siglo XVII: si ha pasado la censura del tiempo, vale la pena.
El refugio literario, visto lo visto, admite casi cualquier forma: space marines, detectives ancianas, césares romanos o un Tolstói que te deja seco. La única condición es que el mundo inventado sea lo bastante absorbente como para que el real deje de dar la tabarra durante unas horas.