Debate por un mapa de webs prorrusas con RT y Rebelión
Un mapa de medios en verde. Ese es el hallazgo que abre la conversación: una red de sitios web prorrusos repartidos por
Europa que, según el material que circula, sirve a la guerra de información del Kremlin. Entre los nombres señalados aparecen
RT y
rebelion.org, la página que para una parte del público español lleva décadas atribuyendo todos los males del mundo al imperialismo estadounidense. La lista no es nueva, pero el enfoque sí: ya no se discute si existe propaganda, sino a quién se apunta con el dedo y con qué consecuencias.
Qué es la red de sitios prorrusos en Europa
El material describe un ecosistema de publicaciones que repiten un patrón temático idéntico: cobertura positiva de Rusia, justificación de la invasión a gran escala de Ucrania, el relato de los «nazis en Ucrania», el «bombardeo del Donbás» y la «autodefensa» frente a la «expansión hacia el este de la OTAN». Son los mismos marcos que la propaganda del Kremlin lleva años colocando en medios de distintos países.
La discusión deriva rápido hacia el caso español. Junto a
rebelion.org se mencionan
mpr21,
Lahaine y
kaosenlared.net, esta última descrita como «contrainformación». Hay quien sostiene que esas webs enlazan incluso con textos marxistas, lo que para unos es prueba de su línea editorial y para otros, simple coartada ideológica. La etiqueta «comunista» se usa como arma arrojadiza en ambos sentidos.
Menéame y Kaosenlared, en el punto de mira
La conversación escala cuando se añaden agregadores y plataformas de participación.
Menéame y
Kaosenlared aparecen citados como altavoces de lo que una parte del público considera narrativa prorrusa. La reacción es inmediata: unos los añaden a favoritos como fuentes alternativas, otros anuncian que dejan de visitarlos.
Ahí se rompe el consenso. Frente a quien pide consecuencias penales para quienes difunden lo que llama noticias falsas, surge la objeción de fondo:
listas negras. La comparación con la Alemania nazi o con la Inquisición protestante aparece explícita en el material, y no como boutade, sino como advertencia sobre el precedente que se sienta. El argumento de que Europa vuelve a lo que peor se le da —señalar, clasificar, excluir— gana peso a medida que avanza la discusión.
El problema de las listas negras y la libertad de expresión
Aquí el eje cambia. Ya no se habla de Rusia, sino de quién decide qué se puede leer. Una corriente sostiene que perseguir al disidente es incompatible con la democracia que se dice defender; otra responde que la libertad de expresión no ampara la difusión coordinada de desinformación al servicio de un Estado extranjero. Ninguna de las dos cede.
El detalle incómodo: en el material se recuerda que en España ha habido personas procesadas y condenadas por lo que escribieron. Se citan casos por calumnias y por delitos de odio, y hay quien se extraña de que no haya habido más detenciones ni se haya cerrado alguna de las plataformas señaladas. La discusión se enreda entre el principio general y el expediente concreto, que es donde siempre se enreda.
El bloqueo a los sitios rusos y la paradoja de la seguridad
Aparece entonces un dato que descoloca: el acceso a sitios rusos está restringido «por tu seguridad». La ironía se sirve sola. Si el objetivo es proteger al ciudadano de la propaganda, bloquear la fuente no lo hace más crítico, solo más dependiente del relato de casa. Y si el objetivo es otro, conviene decirlo.
La paradoja se completa con el señalamiento de medios que operan dentro de la UE, con sede, plantilla y línea editorial propias. Ahí no hay bloqueo posible. Solo etiqueta. Y la etiqueta, a diferencia del cortafuegos, no distingue entre propaganda coordinada y opinión incómoda.
Quién cobra y quién lo hace gratis
Uno de los apuntes más ácidos del material apunta a la economía de la influencia: los supuestos trolls de determinados foros lo harían «por amor al arte». La sospecha de financiación rusa choca con la evidencia de que buena parte de la conversación prorrusa en España es voluntaria, ideológica y gratuita. Eso complica la respuesta: no se puede cortar el grifo a quien no cobra.
El cierre del círculo llega con la pregunta que nadie responde del todo: si el problema es la financiación extranjera, la solución es la transparencia; si el problema es la ideología, la solución es la censura. Y Europa, de momento, ha elegido la lista.
¿Cuántos de los nombres que aparecen en ese mapa en verde seguirán publicando dentro de un año?