Un divulgador ha señalado que un libro a la venta en un museo de Devon incluye la afirmación de que el 11% de la población de la York romana era negra, algo que, según él, no respalda ninguna muestra confirmada. El caso reabre el debate sobre cómo se comunican los resultados de la arqueogenética.
La polémica saltó a la vista de quien fue a mirar el libro con calma. Casi tres años después de su publicación, un divulgador ha tenido ocasión de hojearlo en un museo de Devon y ha denunciado que contiene «muchas mentiras». El punto concreto que señala es una frase: que el ADN muestra que el 11% de la gente de la York romana era negra. Su objeción es tajante: no hay ni una sola muestra confirmada de personas negras en esa ciudad en época romana. La cifra, sostiene, se la inventaron.
Qué dice el ADN de la York romana
La arqueogenética ha revolucionado lo que sabemos de la Britania romana. Los estudios de ADN antiguo permiten reconstruir ancestrías individuales con una precisión que hace dos décadas era impensable. Pero de ahí a extrapolar porcentajes de población hay un salto enorme. Una muestra de esqueletos no es una encuesta demográfica, y menos cuando hablamos de una ciudad de la frontera norte del imperio, con guarniciones y movimiento constante de tropas.
El problema no es que hubiera o no personas de origen africano en York. Es la conversión de un dato genético aislado en una estadística redonda. Un 11% suena a estudio cerrado, a conclusión firme. Y para afirmar eso hacen falta muchas más muestras de las que existen, con contextos funerarios bien documentados y una metodología explícita.
El papel de los museos como altavoz
Que el libro se venda en un museo no es un detalle menor. Los museos son espacios de autoridad cultural: lo que allí se expone o se vende llega al público con un marchamo de credibilidad que no tienen otros canales. Si una obra divulgativa incluye una cifra sin respaldo, el visitante no tiene forma de saberlo. Se la lleva a casa como un hecho.
La denuncia no cuestiona la diversidad de la Britania romana, que está documentada. Cuestiona la fabricación de datos para sostener un relato, aunque el relato sea bienintencionado. En divulgación histórica, el rigor no es un lujo: es la única garantía de que lo que contamos mañana no haya que desdecirlo.
Por qué importa la precisión en divulgación
El episodio toca un nervio sensible. La arqueología lleva décadas lidiando con interpretaciones ideológicas, y la genética ha entrado en ese terreno con fuerza. Cuando un dato se simplifica para que encaje en una narrativa, el daño es doble: se engaña al lector y se da munición a quien quiere desacreditar la disciplina entera.
La cifra del 11% no está respaldada por muestras confirmadas, según la denuncia. Eso no convierte en falsa toda la investigación sobre movilidad en el imperio. Convierte en necesario exigir fuentes, tamaños de muestra y contextos antes de convertir un hallazgo en un eslogan.