Donar sangre: ¿acto solidario o negocio opaco?
Pocas imágenes navideñas tan repetidas como la cola de donantes en el centro de salud. Pero ¿quién está en esa cola? Las observaciones repetidas dibujan un perfil muy concreto: mayoritariamente mujeres jóvenes autóctonas, con un 70% de presencia femenina y cero representación de ciertos colectivos. Mientras, en las urgencias del mismo centro, la composición es radicalmente distinta. La pregunta incómoda flota en el ambiente.
El filtro invisible del cuestionario sanitario
El proceso de donación incluye un cuestionario que, disfrazado de “prácticas de riesgo”, excluye a homosexuales, promiscuos, tatuados, viajeros a países exóticos y, oficiosamente, a cualquier persona que no dé el perfil adecuado. La entrevista personal con la enfermera se convierte en un filtro subjetivo. Quien no encaje, a la calle. Y la profesionalidad del pinchazo, según algunos testimonios, deja bastante que desear: hematomas, nervios dañados y goteros que apenas fluyen. Difícil fidelizar al donante con ese trato.
El negocio de la sangre: la pista de Grífols
Más allá de la demografía, hay quien apunta al negocio. La sangre donada acaba en un mercado lucrativo donde empresas como Grífols procesan y venden derivados plasmáticos. Una parte significativa de la donación en España se exporta. El donante pone el brazo y el sistema saca beneficios. Algunos, al conocer el destino de su sangre, deciden donar solo para familiares directos o dejar de hacerlo. Otros, tras la pandemia, perdieron toda confianza en un sistema que discriminó a los no vacunados cuando más falta hacía la solidaridad.
¿Solidaridad rota?
El resultado es una bomba de relojería para las reservas de sangre. Mientras crecen los discursos de “mi solidaridad no se regala”, las campañas oficiales repiten los mismos mensajes navideños. Pero el perfil del donante no cambia. Quizá habría que preguntarse si el problema no es de a quién va destinada la sangre, sino de cómo se trata al que la da.
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