Reparar una caldera de 22 años: el mal negocio que se repite
Una caldera Fagor de 22 años que pierde presión hasta quedarse a cero, un tupper en el suelo para recoger el goteo y una factura de reparación que amenaza con acercarse a la mitad del precio de una nueva. Así arranca una de las consultas domésticas más repetidas del invierno: ¿reparo o cambio? Con 22 años, dos por encima de la vida útil que la propia industria estima entre 15 y 20, la respuesta parece obvia. Pero no lo es tanto cuando el técnico abre el presupuesto.
La fuga que no siempre es de la caldera
Lo primero que conviene saber: una pérdida de presión no implica necesariamente que la caldera esté muerta. Puede ser el vaso de expansión, una válvula de seguridad, una junta o el circuito de los radiadores, incluidas tuberías bajo el suelo que no se ven hasta que la humedad aparece donde nadie la esperaba. Un vaso de expansión nuevo cuesta entre 200 y 400 euros; una válvula de presión, unos 80 euros si uno se atreve a desmontarla con una llave inglesa. Fugas pequeñas se han contenido incluso con cinta antifugas, con fortuna desigual. La cuestión es una: saber si esa pieza es el final del problema o solo el principio.
La calculadora que casi nunca sale a favor de reparar
La matemática que manejan quienes han pasado por esto es contundente. Con una caldera de más de 15 años, reparar es entrar en un bucle: se cambia la pieza A, al mes falla la B, y el acumulado de visitas del técnico termina pagando la caldera nueva que se quería evitar. Hay casos reales de equipos que se averían cada temporada y cuyo dueño calcula que lo gastado en reparaciones ya cubría el precio de sustituirla. En el lado de enfrente, una caldera de condensación instalada cuesta, según gama y marca, entre 1.300 y 2.200 euros. Cuando el técnico empieza a hablar de intercambiador, bomba y sensores, la diferencia entre reparar y cambiar se reduce a un par de cientos de euros. Y eso antes de la siguiente avería.
Marcas, precios y la factura que no sale en la web
En marcas, la experiencia acumulada tiene jerarquías claras. Vaillant sale como la más fiable, con casos de 23 años de vida, aunque con mantenimiento caro. Saunier Duval y su marca blanca Hermann se llevan buenas referencias. Baxi, que es la antigua Roca, se considera una opción decente y suele ser la más barata con instalación incluida en grandes superficies. Junkers ya no existe: ahora es Bosch. Cointra, vinculada a Ferroli, acumula malas críticas. Y ojo con la instalación: si la vieja es atmosférica y la nueva es de condensación, hay que hacer un agujero para la salida de humos y, en muchos casos, picar para llevar un desagüe. Eso añade una factura que no aparece en el precio de la web.
El reloj legislativo aprieta
Hay además un calendario regulatorio que pesa sobre la decisión. Las calderas de gas tienen los días contados: estaba prevista una prohibición inminente de venta e instalación, y se ha pactado una moratoria que retrasa el fin del suministro de gas ciudad para viviendas hasta 2040. Quien tenga una caldera vieja y prefiera esperar, asume el riesgo de quedarse sin opción de estrenar una de gas cuando la suya muera. La revisión obligatoria de los cinco años tampoco ayuda: una caldera con pérdidas visibles puede quedarse sin suministro.
El dato que descoloca llega al final. Hay un caso documentado de una Fagor de 29 años que sigue funcionando, con una bomba de segunda mano y el resto de piezas originales. La durabilidad existe, pero es la excepción. En el balance general, la corriente dominante es clara: con más de 20 años, reparar solo tiene sentido si es una avería barata y concreta —una válvula, una junta— y si el resto del equipo está sano. Para todo lo demás, cambiar sale a cuenta. El propietario de la Fagor acabó instalando una Baxi Platinum iCompact por 2.000 euros, después de comprobar que no había recambios en el servicio técnico y que la revisión de gas inminente la habría dejado sin suministro. La decisión, admite, le sigue generando dudas. La próxima avería de quien elija reparar probablemente se las resuelva.